Dembélé escribe un manual sobre cómo perder con estilo

En lo que los analistas ya catalogan como ‘una masterclass en el arte del fracaso’, Ousmane Dembélé, el hombre que carga con el peso de un Balón de Oro, decidió anoche que marcar goles es una convención burguesa y aburrida. Su misión era más elevada: demostrar que incluso con la portería vacía, un delantero de élite puede encontrar formas novedosas y creativas de no anotar.

El colofón llegó a los 40 minutos. Un centro preciso, un balón solitario a 10 metros, y la red esperando su abrazo. Dembélé, en un acto de rebeldía contra las leyes físicas y el sentido común, decidió que el balón merecía ver las estrellas. Lo envió a una órbita donde ni siquiera los satélites de Elon Musk se atreven a llegar.

“La mano parecía accidental, pero el árbitro Slavko Vincic otorgó el penal tras una breve revisión de video.”

La ironía fue sublime. El árbitro, tras consultar la tecnología más avanzada, les regaló una oportunidad desde los 11 metros. Dembélé respondió con un lanzamiento tan predecible que Nick Pope, el portero rival, probablemente lo soñó la noche anterior. Una parada brillante para coronar un regalo envenenado.

Mientras Vitinha demostraba que sí se puede marcar al mismo rincón minutos después, Dembélé parecía inmerso en una performance artística. Su actuación fue una alegoría perfecta de la pompa sin sustancia, del costosísimo espectáculo que promete gloria y entrega pantomima.

El empate final no fue un simple punto. Fue una sentencia. El PSG y su estrella reinante se conformaron con lo mínimo cuando el mundo esperaba lo máximo. Ahora tendrán que jugar un repechaje, un camino extra para equipos que olvidaron cómo ser directos. En el gran teatro del absurdo que es a veces el fútbol moderno, anoche Dembélé no fue un delantero. Fue el protagonista involuntario de una sátira sobre la presión, el precio desorbitado y la fragilidad de los ídolos.

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