Imaginen un país donde los problemas se evaporan como el sudor en una camiseta. Donde las calles, antes llenas de protestas por el costo de la vida, ahora rebosan de banderas y vuvuzelas. Así es Senegal esta semana, transformado por el mágico poder de un trofeo de fútbol.
Los llaman héroes, estos hombres que patean un balón. Reciben un desfile digno de libertadores, mientras el verdadero héroe anónimo, el que viaja 200 kilómetros desde Touba para verlos, probablemente no pueda pagar ese viaje para visitar a un familiar enfermo.
“Teníamos que estar aquí con ellos. Vine a agradecerles por este título, que pone a Senegal a la vanguardia del fútbol mundial”, expresó Pape Lo.
Qué curioso concepto de vanguardia. ¿La vanguardia del hambre también lideramos? ¿O la de la falta de empleo? Pero sí, en fútbol somos potencia. Es reconfortante.
El presidente mismo, Bassirou Diomaye Faye, allí estaba en el aeropuerto antes del amanecer. No para recibir a médicos que regresan de una misión humanitaria, sino a futbolistas.
“Lo hicieron heroicamente… fueron ejemplares tanto dentro como fuera del campo”, afirmó el mandatario.
Heroísmo redefinido: abandonar el campo para protestar por un penal en una final caótica. Ejemplaridad medida en goles y no en actos cívicos. Qué tiempos.
Marcel Ndecky lo llama “histórico”. Y lo es. Es histórica la capacidad del deporte para funcionar como opio de los pueblos modernos. Un título continental hace olvidar continentalmente los problemas continentales.
El empresario Ameth Mbaye lo dice sin querer:
“Este entusiasmo muestra… la necesidad de invertir más en deportes y refleja la determinación de la juventud”.
Ahí está. La confesión involuntaria. Invertir más en deportes mientras las escuelas se caen a pedazos. La determinación juvenil canalizada hacia ídolos deportivos y no hacia cambiar su país.
Miles subidos a vallas y techos de coches, arriesgando sus vidas por una visión fugaz de sus ídolos. La misma energía que podría derribar gobiernos corruptos, usada para alcanzar un selfie con un jugador que pasa rápido en un autobús descapotable.
Es perfecto, realmente. Mientras los Leones de Teranga rugen en el campo, los leones verdaderos —el pueblo— se contentan con rugir desde las gradas. El circo funciona a la perfección: panem et circenses para el siglo XXI.
La victoria fue “dramática”, dicen las crónicas. Más dramático es que necesitemos estos dramas deportivos para sentirnos una nación.

















