En los sagrados anales del fútbol germano, se registra un suceso de perturbadora rareza. El Bayern Múnich, esa maquinaria financiera y atlética que suele triturar voluntades, ha entrado en lo que los cronistas, con alarmada solemnidad, denominan ‘una racha’.
Dos encuentros. Cero triunfos. El mundo se detiene.
El sábado, el Hamburger SV, un equipo cuya principal virtud parece ser la persistencia histórica, logró lo impensable: no perder. Consiguió un empate 2-2 que en Múnich debe sentirse como una derrota cataclísmica. Esto, apenas una semana después de que el Augsburgo osara mancillar el escudo bávaro con una victoria.
El Hamburgo necesitó tanto suerte como determinación, con el Bayern golpeando dos veces el marco del gol y teniendo dos apelaciones de penalti rechazadas en el tiempo de descuento.
He aquí la alegoría perfecta. El gigante golpea el poste. La fortuna le da la espalda. El árbitro hace oídos sordos a sus súplicas. ¿No es acaso un espejo distorsionado de la condición humana? Donde el poderoso descubre, atónito, que el universo no siempre se pliega a su voluntad.
La narrativa oficial habla de ‘preocupación entre sus aficionados’. Qué término tan mesurado para describir lo que debe ser un pánico existencial en la capital bávara. Su equipo, conocido por un dominio tan absoluto que aburre, ahora debe ‘replantear su estrategia’.
Imaginen la escena: estrategas millonarios, rodeados de pantallas táctiles, analizando cómo volver a hacer lo que hicieron sin pensar durante una década: ganar.
La lección satírica es clara. Ni siquiera los imperios más sólidos son inmunes a la ley del péndulo. Un par de resultados adversos y toda una mitología de invencibilidad se resquebraja. La Bundesliga, por dos fines de semana, respiró. El monstruo mostró que puede tropezar. Es un recordatorio saludable, y absurdamente cómico, de que en el deporte –como en la vida– la hegemonía eterna es solo otra ilusión.















