En un giro digno de las tragedias griegas, el destino del triunfo de la Selección Mexicana no se decidió en el campo, sino en el tracto digestivo de su profeta moderno. Christian Martinoli, la voz que durante años ha narrado desde los milagros hasta los desastres del balompié nacional, fue derrotado no por un rival continental, sino por un ejército microscópico proveniente de un plato de pescado crudo.
La noticia corrió como la gastroenteritis que la provocó. El oráculo había sido envenenado. En su lugar, quedó un trío de suplentes intentando llenar el vacío acústico con comentarios que, ante la ausencia del maestro, sonaron a eco en una catedral vacía.
“Todo se debió a una infección estomacal provocada por el consumo de sushi”, reveló David Medrano.
He aquí la alegoría perfecta: la institución sagrada del narrador deportivo, ese ser que convierte cada jugada en epopeya y cada error en drama shakesperiano, reducida a una lucha intestinal. El hombre que analiza tácticas complejas y desmenuza formaciones, vencido por un nigiri traicionero. ¿No es acaso una metáfora exagerada pero precisa de nuestra sociedad? Construimos altares a figuras públicas cuyas voces nos guían, solo para recordar que son humanos, frágiles y susceptibles a los caprichos de una mala cena.
Las redes sociales, ese circo romano digital, ardieron en especulaciones épicas. ¿Un conflicto con la directiva? ¿Una protesta silenciosa? No. La verdad fue más mundana, más humana y, por lo tanto, más cómica. El destino de la narrativa nacional pendía de un hilo… o más bien, de un rollo de salmonella.
Incluso el propio Martinoli intentó presentarse como un gladiador herido que se niega a abandonar la arena. Llegó al canal, tomó su medicamento como si fuera un elixir mágico, pero su cuerpo hizo mutiny. La producción, en un acto de piedad corporativa poco común, priorizó la recuperación del órgano sobre el órgano emisor.
Finalmente, el narrador pidió disculpas desde su convalecencia digital. Prometió regresar para la Liga MX. La moraleja es clara: en el teatro absurdo del espectáculo deportivo moderno, a veces el villano no lleva camiseta rival. A veces viene con wasabi y soya.


















