En el gran teatro del absurdo que es la Premier League, a veces la realidad supera a la ficción más descabellada. Imaginen un mundo donde el héroe llega sin capa, con un contrato temporal en el bolsillo y dos victorias que valen por una declaración de principios.
Ese es el universo paralelo en el que ahora vive Michael Carrick, quien en solo dos partidos ha logrado lo impensable. Primero derrotó al City y ahora, con un gol de obra divina en los minutos finales, ha tumbado al líder Arsenal. La lógica dicta que esto no debería pasar. Pero el fútbol, como la mejor sátira, se nutre de lo ilógico.
“Estos son el tipo de partidos en los que soñamos jugar”, dijo Matheus Cunha, autor del gol de la victoria a los 87 minutos.
Su disparo desde la lejanía no fue solo un gol. Fue un acto de subversión pura contra el guion establecido. El Arsenal, ese equipo que lleva años jugando a ser campeón sin llegar a serlo del todo, volvió a tropezar con la misma piedra: la incapacidad de cerrar lo que parece ganado.
Mikel Arteta debe estar preguntándose qué entidad maligna posee a su equipo cada vez que se enfrenta a un United dirigido por Carrick. Porque los números cantan: dos partidos, dos derrotas 3-2. Es como si existiera una maldición específica, diseñada por un escritor con sentido del humor cruel.
Mientras tanto, en el bando vencedor reina una calma casi surrealista. Carrick, con la modestia de quien acaba de encontrar una llave maestra pero finge que es solo un llavero, se limita a decir:
“Lo estoy disfrutando. Es una posición fantástica. ¿Qué pasará después? No voy a responderlo cada semana”.
Traducción: tengo al club más grande de Inglaterra comiendo de mi mano y me da igual si me dan el cargo fijo o no. Esa actitud, mezcla de desapego zen y eficacia letal, es lo más revolucionario que se ha visto en Old Trafford en años.
Harry Maguire, transformado de chivo expiatorio a columna vertebral, lo resume así:
“Ha sido brillante con nosotros. Ha traído una energía fresca”.
Es decir: hemos pasado del caos absoluto a derrotar a los dos mejores equipos del país en cuestión de días. Alguien debería estudiar este fenómeno.
El Arsenal se queda con la amarga sensación de haber regalado puntos en casa por primera vez esta temporada. Un autogol aquí, un error defensivo allá… pequeños detalles que, en mayo, podrían pesar como losas.
Martin Ødegaard admitió lo evidente:
“La actuación no fue lo suficientemente buena”.
Bajo declaración se esconde una verdad incómoda: este equipo tiene un talento enorme pero le falta ese gen asesino para rematar las ligas. Llevan tres años siendo casi-algo. Y ese ‘casi’ empieza a sonar a excusa gastada.
Mientras tanto, la carrera por el título está más abierta que nunca. El City y el Aston Villa respiran tras los talones del Arsenal. Y el United, resucitado por arte de magia brasileña y liderazgo inesperado, sueña ya con Champions.
Lo más irónico de todo esto es que Carrick podría terminar siendo el entrenador permanente por defecto. No porque haya hecho una campaña espectacular durante meses, sino porque en dos partidos ha conseguido lo que otros no lograron en temporadas enteras: devolverle la fe y los resultados grandes a un gigante herido.
En el mundo del fútbol moderno, donde todo se planifica al milímetro y los procesos son sagrados, hay algo gloriosamente anárquico en esta historia. A veces basta un par de semanas para reescribir todos los pronósticos.

















