La numerología del poder en el circo de la Fórmula 1

En el sublime y profundamente significativo teatro de la Fórmula 1, donde los caballos de fuerza sustituyen a la razón y el ruido de los motores ahoga el pensamiento crítico, hemos sido testigos de un acontecimiento de una trascendencia casi metafísica. El gran Max Verstappen, otrora monarca absoluto del asfalto, ha sido obligado por el cruel destino (encarnado en un tal Lando Norris) a abdicar del sagrado número 1. La plebe esperaba un regreso humilde al 33, su numeral plebeyo de origen, pero el astuto estratega ha optado por una jugada maestra: el número 3.

El piloto neerlandés, tras un lustro de dominio imperial con el dígito único, ahora se rebaja —o se eleva, según se mire— a un simple tres. En una declaración que debería ser estudiada en las facultades de Filosofía y Marketing, el ahora cuatro veces campeón del mundo explicó su decisión con la lógica aplastante de quien elige el color de sus calcetines. Afirmó que el 33 representaba una “doble felicidad”, pero que, habiendo agotado la suerte en los circuitos, prefiere la simplicidad austera de un solo dígito. Una lección de humildad, sin duda, o quizá el cálculo preciso de un hombre que sabe que, en este circo, hasta la numerología es un mensaje publicitario.

La vacante numérica y el eterno ciclo del espectáculo

El número 3, nos informan los cronistas oficiales del espectáculo, estaba “libre”. Su anterior inquilino, el Daniel Ricciardo, fue desalojado de la parrilla, permitiendo así que otro gran nombre ocupe su cifra patrimonial. Nada se desperdicia en este ecosistema perfecto: los pilotos caen, sus números se reciclan y la ilusión de novedad se mantiene intacta para las masas. El león neerlandés no elige un número; lo hereda, en un simbólico traspaso de poderes que distrae al público de preguntarse por qué sigue pagando por ver coches dar vueltas.

Así, la gran narrativa de la temporada 2026 no girará en torno a motores sostenibles o seguridad, sino en torno a un cambio de dígito. Una farsa numérica que encapsula a la perfección el espíritu de nuestra era: donde la sustancia ha sido reemplazada por el símbolo, el mérito por la narrativa, y el deporte por un reality show de alta velocidad con patrocinadores multimillonarios. Verstappen no cambia de número; ejecuta una meticulosa jugada de relaciones públicas, y nosotros, crédulos, debatiremos su significado durante meses. Bravo.

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