La protesta de los payasos en Old Trafford

El domingo, Old Trafford no fue solo el escenario de un partido. Fue el telón de fondo de una representación mucho más cruda: la del desencanto absoluto. Cientos de aficionados del Manchester United, algunos con máscaras de payaso, marcharon por Sir Matt Busby Way. No era una celebración. Era un grito ahogado.

Coreaban consignas contra los propietarios y sostenían pancartas mientras el humo de las bengalas llenaba el aire.

La imagen es poderosa. Las máscaras no son un disfraz casual. Son la metáfora perfecta: ¿quién es el verdadero espectáculo aquí? ¿Los jugadores en el campo o la dirección que, para muchos seguidores, ha convertido un gigante en una farsa?

Detrás de la marcha está The 1958, un grupo que lleva tiempo señalando con el dedo. Su objetivo es doble: la familia Glazer, dueña desde 2005, y Jim Ratcliffe, el magnate británico que en 2024 tomó las riendas deportivas. La esperanza que generó su llegada se ha ido diluyendo.

El grupo se ha quejado de la “propiedad disfuncional e inepta” del 20 veces campeón, cuyo último título fue en 2013.

Y ahí está el meollo. No es solo rabia por un mal resultado. Es la frustración acumulada de once años sin ganar la Premier League. Es ver cómo decisiones empresariales—subidas de precios, recortes—pisotean la esencia del club. Los Glazer nunca fueron populares. Ratcliffe, supuesto fan desde niño, prometía un cambio. Pero sus primeros movimientos—altibajos en la directiva, políticas impopulares—han avivado el fuego en lugar de apagarlo.

La policía estimó entre 500 y 600 manifestantes. No hubo arrestos. Fue una protesta ruidosa pero pacífica. Un recordatorio visual, justo antes del pitido inicial contra el Fulham, de que para una parte significativa de la afición, el problema no está solo en el césped. Está en los despachos.

Mientras el humo de las bengalas se disipaba sobre la estatua de Sir Matt Busby, quedaba clara una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo puede un club vivir divorciado del alma de su gente? Los aficionados han pasado del canto al gesto simbólico. Las máscaras de payaso hablan más alto que cualquier discurso.

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