La alfombra roja de los Grammy se tiñó de protesta. Bad Bunny, el llamado ‘Conejo Malo’, convirtió su momento de gloria en un púlpito. No agradeció a la academia primero. Lo primero que hizo fue soltar un torpedo directo.
“Antes de agradecer a Dios, quiero decir: ICE fuera”,
Así arrancó, con el micrófono en la mano y la mirada firme. La sala, llena de estrellas pulidas, contuvo el aliento por un segundo. Luego estalló. No era solo un grito de rabia, era una redefinición.
“No somos salvajes, no somos animales, somos humanos… somos estadounidenses también”,
Aclaró, mientras los aplausos crecían como una ola. En medio de la fiesta de la música, insertó una cruda lección de civismo. Reconoció el enojo que recorre las comunidades latinas frente a la retórica divisoria. Pero hizo un llamado extraño y poderoso en estos tiempos.
“Sé que a veces es difícil no odiar… pero el odio les da más poder”,
Advirtió. Su propuesta fue radical en su simpleza: combatir con amor. En un mundo donde el discurso público es a menudo una carrera hacia el grito más fuerte, él propuso otra cosa.
“Lo único más poderoso que el odio es el amor”,
Insistió. Su lucha, dijo, debía hacerse desde ese principio. El cierre fue una declaración de pertenencia y humanidad que resonó más allá del salón.
“No los odiamos. Amamos a nuestra gente y a nuestras familias”.
Un mensaje contundente días después de que su show en el Super Bowl fuera criticado por ‘no ser lo suficientemente estadounidense’. Bad Bunny demostró, con palabras claras y sin pedir permiso, exactamente lo que significa serlo.
















