Cuando un fandom enseña a otro a domar al monstruo de Ticketmaster

Imaginen por un momento que el proceso para comprar un boleto de concierto no fuera una odisea digna de las pruebas de Hércules. Parece ciencia ficción, ¿verdad? Pues esta semana, en un giro argumental que nadie vio venir, miles de personas en México lograron adquirir entradas para ver a Harry Styles sin sufrir un colapso nervioso.

El milagro, según relatan las testigos, no vino del cielo ni de la buena voluntad de la taquilla digital. Vino del este. O más específicamente, del ARMY, el ejército de fans de BTS que semanas antes había declarado la guerra a las prácticas cuestionables de Ticketmaster.

“Son unas reinas, la verdad. Ya era justo y necesario que Ticketmaster tuviera consecuencias por todas las cosas que ha hecho durante años”, comentó Karen, una seguidora.

La historia es tan absurda como reveladora: un grupo organizado de fans coreanos, mediante denuncias masivas ante la Profeco, logró lo que años de quejas individuales no pudieron: que la máquina de vender sueños musicales sintiera el peso de la ley. Y oh sorpresa, cuando llegó el turno del siguiente artista mega popular, el sistema parecía… ¿educado?

Las filas virtuales fueron razonables. Los precios, claros. El caos habitual, notablemente ausente. Es como si el monstruo hubiera sido domesticado temporalmente por el miedo a otro golpe. Una fábula moderna donde David, representado por legiones de fans organizadas, le gana una batalla a Goliat.

Lo irónico es que la lección de civismo digital y poder colectivo tuvo que importarse desde otro fandom. Mientras aquí nos resignábamos al “así son las cosas”, ellas demostraron que las cosas pueden ser distintas cuando hay organización y se exigen responsabilidades.

Ahora se anuncia una sexta fecha para Harry Styles. El verdadero concierto ya ocurrió: el espectáculo de ver cómo la presión social bien dirigida puede, aunque sea por un momento, hacer que el sistema funcione como debería siempre. Un standing ovation para quienes recordaron que los clientes no son súbditos.

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