Como alguien que ha seguido de cerca la intersección entre la música y el cine durante décadas, puedo afirmar que pocos artistas han encarnado esa fusión con la autenticidad y el riesgo de David Bowie. Su trayectoria no fue la de un músico que “también actuaba”; fue la de un creador total para quien el séptimo arte era otra extensión natural de su narrativa. Recuerdo la perplejidad y admiración que generó su papel en “The Man Who Fell to Earth”. No era un rockero haciendo un cameo; era un ser de otro planeta, frágil y enigmático, en una performance que dejaba claro que Bowie entendía el lenguaje cinematográfico desde la primera toma.
La lección que nos dejó es clara: la verdadera reinvención no es un cambio de disfraz, sino de esencia. Lo vi una y otra vez. En Berlín, donde se refugió para escapar de sus propios demonios y, en el proceso, colaboró con Iggy Pop y creó su “Trilogía de Berlín”, un periodo que documentales como “Bowie in Berlin” intentan capturar, pero que solo quienes vivimos esa era entendemos en su crudeza y belleza. Esa ciudad no fue un escenario, fue un cómplice terapéutico.
Los documentales: entre el mito y el hombre
Con los años, he visto cómo el análisis de su figura evolucionó de la simple hagiografía a un estudio más profundo y matizado. Proyectos como “Moonage Daydream” son un testimonio de ello. No es un documental convencional; es una experiencia sensorial que, en mi opinión, se acerca más a capturar el espíritu bowieano que cualquier biografía lineal. Me enseñó que para hablar de un artista así, a veces hay que abandonar las reglas del periodismo tradicional y sumergirse en su psique.
Sin embargo, donde más se aprecia su legado práctico es en el análisis de su obra final. “Bowie: El acto final” es un estudio desgarrador y magistral sobre cómo un artista enfrenta su mortalidad a través de su arte. Blackstar no fue solo un álbum; fue su partitura final, una lección magistral sobre cómo convertir el adiós en una última obra maestra. Es algo que solo se entiende con la perspectiva que da el tiempo y haber visto a otros íconos desvanecerse.
El actor: selectivo, intuitivo, transformador
Su filmografía como actor es un manual de cómo un músico puede trascender en el cine: siendo exigente, intuitivo y absolutamente transformador. No buscaba papeles protagonistas, buscaba personajes con los que resonara a un nivel casi metafísico. ¿Un rey de los duendes en “Labyrinth”? Perfecto. ¿Un Pilato atormentado en “La última tentación de Cristo”? Brillante. ¿Una aparición fantasmal e incomprensible en “Twin Peaks”? Puro Bowie.
Una anécdota que siempre cuento: su cameo en “Zoolander”. Muchos lo vieron como un chiste intrascendente. Yo lo vi como la consolidación definitiva de su estatus. Ya no necesitaba probar nada; podía permitirse el lujo de reírse de la misma industria de la moda y el espectáculo que él había ayudado a definir. Ese es el privilegio que se gana con décadas de credibilidad.
Al final, lo que el cine sigue analizando, y lo que nosotros como espectadores y estudiosos seguimos descubriendo, es que David Bowie fue un arquitecto de identidades. Cada documental, cada papel, es una pieza de un mosaico infinitamente complejo. Su legado audiovisual nos recuerda que el arte no tiene fronteras y que el coraje creativo, ese que él ejerció durante 47 años, es lo único que garantiza no solo ser recordado, sino seguir siendo relevante, interrogado y, sobre todo, sentido. Esa es la verdadera inmortalidad que alcanzó.

















