Del Toro, entre tacos y Frankenstein

En un despliegue de autenticidad que solo podría ocurrir en los círculos más exclusivos de la industria, Guillermo del Toro demostró que incluso un genio del cine con nueve nominaciones al Oscar puede rebajarse a las tareas domésticas. Mientras su adaptación de Frankenstein aspira a los máximos honores, el director mexicano se puso el delantal en una fiesta privada de Netflix.

Allí, entre luminarias como Elijah Wood, Del Toro intercambió la claqueta por la espátula. Preparó tacos y tortillas para sus distinguidos invitados, en lo que solo puede describirse como el servicio comunitario más gourmet jamás presenciado en Park City.

Pero el verdadero espectáculo llegó después de la cena. Con la naturalidad de quien pide un café, el cineasta se unió a un mariachi para entonar clásicos rancheros. “La Bamba”, “México Lindo y Querido” y otras piezas resonaron en el aire enrarecido de Utah, donde normalmente solo se escuchan negociaciones de contratos y conversaciones sobre puntos porcentuales.

Todo esto ocurrió durante el Festival de Sundance 2026, donde se proyectó una versión restaurada de Cronos, su ópera prima. La misma película que debutó allí hace más de treinta años, completando así un círculo perfectamente coreografiado entre el pasado indie y el presente de superproducciones.

Mientras los invitados aplaudían emocionados, uno no puede evitar preguntarse: ¿es esta la nueva moneda de cambio en Hollywood? ¿Los premios ya no bastan y ahora hay que demostrar habilidades culinarias y dotes vocales? Del Toro, siempre adelantado a su tiempo, parece haber descubierto que para triunfar en la meca del cine moderno hay que ser también chef y cantante.

La lección es clara: el camino al Oscar 2026 pasa por la cocina y el escenario. Y quizás, solo quizás, por recordarle a todos que detrás del director de películas monstruosas hay un hombre que sabe hacer tortillas a mano.

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