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El circo moderno y su mártir voluntaria

La feroz maquinaria del espectáculo devora a una participante, exponiendo los absurdos del juicio público moderno.

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El circo moderno y su mártir voluntaria

En el coliseo posmoderno de «La casa de los famosos», un zoológico humano donde la dignidad se subasta al mejor postre, la actriz Mariana Botas se ha erigido, sin pretenderlo, en la mártir oficial del espectáculo. Mientras sus compañeros de encierro son catalogados como villanos pintorescos o bufones simpáticos, a ella la han designado el chivo expiatorio de la temporada, el blanco perfecto para descargar los dardos envenenados de la superioridad moral colectiva.

El tribunal de la plebe digital, esos jueces anónimos con avatar de perro filtrado, ha emitido su veredicto: su voz molesta, sus manos son anómalas, su cuerpo es un territorio inaceptablemente plano. Hasta una sudadera prestada se convierte en el MacGuffin de un melodrama absurdo, una reliquia sagrada que debe ser devuelta so pena de crucifixión en las redes sociales. La abuelita del modelo, convertida inesperadamente en heraldo de la justicia textil, clama al cielo por el retorno de la preciada prenda, en una trama tan surrealista que el propio Jonathan Swift enmudecería de admiración.

Facundo, el erudito de la pasarela, proclama con sorna que la planosidad también es estilo, elevando el comentario misógino a categoría de crítica de arte. Mientras, la producción del programa, ese Gran Hermano benevolente que todo lo ve y todo lo manipula, responde al drama de la sudadera con el envío de un cargamento de abrigos, como si se tratara de una misión humanitaria en un país devastado por la guerra.

La víctima de este esperpento, la ciudadana Botas, reflexiona con una lucidez trágica: No soy monedita de oro para caerle bien a todo mundo. He ahí la verdad incómoda, el axioma que este circo romano pretende obliterar. El reality show, microcosmos de nuestra sociedad hiperconectada, no busca la autenticidad, sino la conformidad con un ideal grotesco. Exige que sus participantes sean monedas de oro perfectas, brillantes y homogéneas, mientras el público, desde su butaca, se regodea en la ilusión de su propia superioridad.

El mensaje final de esta farsa es claro y aterrador: has firmado para ser escrutado, y tu humanidad, con sus imperfecciones y singularidades, es el precio de entrada. Bienvenida al matadero del entretenimiento, donde el sacrificio es diario y los dioses tienen cuenta de TikTok.

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