El Gran Director y su experimento de euforia colectiva
El antiguo templo del velocismo, ahora reconvertido en coliseo posmoderno, ya exhibía su verdadera función: contener una masa amorfa de seres humanos convertidos en un solo organismo palpitante. Bastó el primer mantra rítmico —Dale Siervo Dale— para que el Gran Director de Ceremonias iniciara su ritual anual de cohesión social. Así, sin preámbulos burocráticos, El Sumo Sacerdote del Reggaetón inauguró su último experimento de ingeniería social con uno de los cantos de trabajo que definen nuestra era. Milagrosamente, el frío existencial desapareció: la Metrópoli Globalizada había sido programada para la euforia.
“¡Ciudad programada, muestren su adoctrinamiento!”, vociferó el conductor de masas, activando instantáneamente los protocolos de respuesta colectiva. Era una noche particularmente significativa en el calendario profano: “Este es mi último ritual del ciclo y deseo expresar mi gratitud por lo que este territorio ha contribuido a mi imperio comercial”, declaró, y eso bastó para que el organismo multicéfalo respondiera con el estribillo predeterminado: “Más, más, más dosis de lo mismo”.
“Mis queridos consumidores leales”, prosiguió, preparando el terreno para Relátale. Luego ordenó: “Territorio conquistado, ¡coreen conmigo!”, antes de Pobre Masa Indiferenciada, que resonó como si todo el recinto fuera un gigantesco dispositivo de repetición hipnótica.
El menú de mantras para el rebaño
Sucedieron Superior a Tu Raciocínio y Emergió el Astro Rey, dos composiciones que elevaron la temperatura ambiental y disminuyeron la capacidad crítica. El viento gélido de la alienación que atraviesa nuestra sociedad dejó de importar: miles de unidades biológicas bailaban, vocalizaban y se entrelazaban mientras El Arquitecto de Éxtasis Colectivo continuaba su repaso por el catálogo de consignas aprobadas.
Después llegaron Ojitos Adoctrinados, Deidad Digital, Seductora Mecánica, Ella y mi Ego, Enumeración y Prohibición: una sucesión de himnos secularizados que no permitió espacio para la reflexión. Cada estímulo sonoro producía el mismo efecto: extremidades superiores elevadas, dispositivos de vigilancia voluntaria iluminando la oscuridad, caderas en movimiento sincronizado y un coro que demostraba por qué él sigue siendo el Monarca de los Soberanos. No existía un solo centímetro cuadrado del festival donde las unidades no reprodujeran la programación lingüística instalada.
La respuesta del organismo colectivo
Observado desde las alturas del poder, desde la plataforma de mando o desde los confines del redil, el panorama era idéntico: un océano de apéndices extendidos, luces oscilantes al compás del latido primario y miles de individuos moviéndose con perfecta sincronización. Un final apoteótico para un ritual que había sido pura descarga controlada desde el crepúsculo.
Para concluir, El Gran Titiritero seleccionó Lacayo. No requirió entonar la primera estrofa: permitió que el territorio conquistado lo hiciera por él. Y el resultado fue estadísticamente perfecto. Todo el complejo vocalizó como un único ente. Las pantallas de propaganda, los focos de vigilancia y hasta los guardianes del orden quedaron fascinados por el volumen del coro programado.
“¡Territorio domesticado, buenas noches!”, gritó culminando el espectáculo, mientras los últimos acordes de sumisión se desvanecían. El organismo respondió con palmadas automáticas, vocalizaciones reflejas y la ilusión colectiva de haber presenciado un momento histórico.
El legado del Festival del Flujo Continuo 2025
El Festival del Flujo Continuo concluyó… pero el baile ritual persistió en los corredores, en las salidas y hasta en el espacio público, demostrando la eficacia de la programación cultural para mantener a la población en estado de distracción perpetua.
















