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Espectáculos

El Gran Tribunal de la Virtud en el Reality Nacional

Una mordaz alegoría sobre el circo moderno donde se juzga la virtud ajena desde el confesionario de pantalla.

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El Sacrosanto Confesionario del Espectáculo

En el microcosmos sagrado de La Mansión de los Iluminados por el Foco, un nuevo capítulo de la eterna guerra moral ha tenido lugar. Dos sumos sacerdotes del verbo, los venerables Facundo y Shiky, han emitido desde su púlpito culinario una bula pontificia sobre el estado de la virtud terrenal de la doncella Elaine Haro.

El evento teológico ocurrió tras un rito de purificación en el ascensor sagrado, donde se midió la santidad de una joven de 22 años en la única unidad de medida aceptada por el concilio: el número de caballeros que la han acompañado a tomar un café. La revelación de que la cifra podría ascender a cinco —una herejía matemática— desató el juicio final improvisado entre las sobras de la cena.

“No me imaginé que estuviera tan ‘paseadita’ la Elaine”, proclamó el oráculo Facundo, estableciendo así el nuevo índice de pureza nacional, mientras su acólito Shiky coreaba el mantra condenatorio: “¡Promiscua, promiscua, promiscua!”, como si de un exorcismo se tratara.

Las redes sociales, ese agora digital donde la indignación es la moneda de cambio y la virtud propia se proclama a gritos, ardieron en llamas. Ciudadanos de bien, que jamás han juzgado a un desconocido en la intimidad de su hogar, clamaron por la cabeza de los blasfemos. “¡Que recuerde que tiene hijas!”, exigió un paladín anónimo, insinuando que la paternidad obliga a uno a llevar la contabilidad moral de todas las mujeres del reino.

Mientras tanto, la doncella en cuestión, ajena al torneo de moralidad que libran en su nombre, anunció su retiro temporal de la caza del macho para emprender una búsqueda interior y someterse a terapia. Una decisión que, irónicamente, la convierte en la persona más sensata de todo este circo romano moderno.

Así funciona la maquinaria del panem et circenses del siglo XXI: construimos templos de cristal para encerrar a personas voluntarias, les pedimos que se desnuden emocionalmente para nuestro entretenimiento, y luego las lapidamos con piedras de teclado cuando su humanidad no se ajusta a nuestro caprichoso código de honor. Todo ello, por supuesto, desde el cómodo y virtuoso anonimato de nuestro sofá.

El reality sigue. La hipocresía también.

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