El sultanato de Julio Iglesias ante la justicia

Parece que la ley quiere entrometerse en los asuntos de un reino privado. Julio Iglesias, ese bardo de las serenatas mundiales, enfrenta ahora una melodía que no compuso: acusaciones por presuntos actos ocurridos en sus dominios caribeños.

Su abogado, en un escrito de quince páginas, alega con elegancia jurídica que los tribunales españoles carecen de jurisdicción. La justicia, al parecer, también tiene fronteras que respetar, especialmente cuando se trata de feudos allende los mares.

Mientras los leguleños debaten competencias, resurge el testimonio de un antiguo mayordomo. Antonio del Valle pintó en 1986 un cuadro vívido de la vida en la mansión de Miami. Lo describió no como una casa, sino como un sultanato.

El entorno del artista español en esa mansión era un entorno de machismo primitivo y descarada promiscuidad.

La metáfora es perfecta. Un sultán, soberano absoluto. Un harén imperial donde convivían… bueno, ya se sabe. En esta alegoría moderna, las mujeres eran llamadas “titis” y tratadas, según el relato, “como bestias casadas y sometidas”. Una organización tribal con un tiránico Julio al mando.

Lo más revelador no es la anécdota antigua, sino su persistencia. La periodista Carlota Corredera rescata estas declaraciones para señalar un modus operandi de toda una vida. El mismo hombre que cantó De niña a mujer construyó su leyenda personal sobre cimientos que ahora crujen.

Aquí yace el absurdo satírico: un imperio personal donde las reglas del mundo exterior no aplican. Donde el machismo se viste de romanticismo y el poder absoluto se disfraza de estilo de vida. La justicia intenta tocar a la puerta del sultanato, pero las murallas del lujo y la fama son altas. ¿Logrará derribarlas? O este será otro cuento donde los reyes, aunque desnudos, siguen sin ser juzgados.

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