Imaginen por un momento este cuadro: un estadio repleto, millones de pantallas encendidas, el aire cargado de publicidad y patriotismo barato. Y en medio de ese templo del capitalismo deportivo, aparece él. Bad Bunny. Con un vestido.
No cualquier vestido, claro está. Hablamos de una prenda tan cargada de simbolismo que haría temblar los cimientos del Madison Square Garden. Un trapo que, según los rumores más delirantes, sería a la vez homenaje a la comunidad LGBT y bandera de resistencia cultural.
“Hemos estado luchando desde el primer día de nuestra existencia. Somos la definición de corazón y resistencia”
Pero ay, amigos míos. En este gran teatro de lo absurdo que llamamos realidad, el vestido se esfumó. Como por arte de magia. O más bien, por arte de la conveniencia corporativa.
Las fuentes “cercanas a la producción” -siempre anónimas, siempre convenientes- informaron que no habría tal prenda revolucionaria. La NFL, esa máquina perfectamente aceitada de entretenimiento apolítico (ja), no comentó nada. El espectáculo debe continuar, pero sin sobresaltos que afecten los patrocinios.
Mientras tanto, en su rincón del universo, Donald Trump calificaba la mera participación del artista como “ridícula”. El mismo hombre que gobierna (o pretende gobernar) ignorando voluntariamente al máximo exponente latino del siglo XXI. La ironía sería cómica si no fuera tan trágica.
Bad Bunny respondió a tanto desprecio como sabe: cancelando fechas en EE.UU. por las redadas de ICE, mostrando las bellezas de Puerto Rico cuando algún cómico miserable la llamó “isla flotante de basura”. Resistencia silenciosa pero contundente.
Y ahora todos esperamos. ¿Qué mostrará en ese escenario global? Porque en este circo donde la política se viste de deporte y el arte se convierte en declaración, cada elección -incluso la ropa- es un acto político.
El vestido quizás no exista nunca. Pero su fantasma ya recorrió internet, ya generó debates, ya mostró cómo un simple rumor sobre tela puede desnudar las tensiones más profundas de una sociedad.
Al final, quizás esa sea la verdadera sátira: que necesitemos especular sobre un traje para hablar de identidad, migración y resistencia. Que el debate político pase por el guardarropa de un artista mientras los poderosos siguen jugando sus juegos.
Bad Bunny prometió que todos bailaremos. Y quizás sin saberlo, ya nos tiene bailando al ritmo de sus contradicciones.

















