La imagen pública es clara: el príncipe Andrés, despojado de títulos, roles y residencia oficial. Un hombre caído en desgracia, abandonado por la institución que una vez lo protegió. Pero detrás de ese relato oficial, hay otra historia que comienza a emerger.
“Es un hombre deprimido”, reportan fuentes cercanas a la prensa británica sobre su estado actual.
Sin embargo, mientras el palacio busca distanciarse, sus hijas trazan un camino diferente. En las últimas horas han circulado imágenes que muestran a Beatriz paseando a caballo con su padre por Windsor Park. Un gesto simple, pero cargado de significado en este contexto.
La visita de Eugenia, según LBC, se remonta a hace un par de semanas. Dos señales que pintan un cuadro distinto al del abandono total. ¿Por qué mantener este vínculo cuando todo indica que deberían distanciarse?
Aquí es donde la investigación periodística encuentra su primer punto de tensión: mientras el exduque es relegado a una residencia “privada” cerca de Sandringham -actualmente en renovación-, sus hijas mantienen activos sus roles oficiales junto al rey Carlos III.
El traslado forzado de Royal Lodge, ordenado por su propio hermano el soberano, contrasta con la lealtad filial que muestran Beatriz y Eugenia. Se espera que se mude antes de su cumpleaños 66 el 19 de febrero.
Lo revelador no es solo que lo visiten, sino cómo estas visitas contradicen la narrativa establecida del aislamiento completo. Mientras la institución monárquica busca cerrar el capítulo Epstein alejando al príncipe, sus hijas escriben un epílogo diferente.
La verdad oculta aquí podría ser más simple de lo que parece: ante el escándalo público y la vergüenza institucional, los lazos familiares demuestran una resistencia que los protocolos reales no logran romper.















