La fe inquebrantable en la resurrección de un ídolo pop

Lucía Méndez proclama su verdad alterna sobre la no-defunción de Juan Gabriel.

En un alarde de fe que haría palidecer a los más devotos creyentes de las apariciones marianas, la sacerdotisa del espectáculo, Lucía Méndez, ha consagrado una nueva doctrina para las masas desesperadas por un milagro: la resurrección laica de un ídolo pop. La actriz y cantante, antigua compañera del fenecido Divo de Juárez, ha insuflado nueva vida a una de las más absurdas y persistentes leyendas urbanas del star system mexicano: la improbable supervivencia de Juan Gabriel.

Durante un ritual mediático contemporáneo —comúnmente conocido como “entrevista”—, la vidente declaró, con la imperturbable certeza de quien ha visto el rostro de Dios en una tostada, que percibe la presencia etérea del cantautor. Asegura haber recibido señales celestiales, o al menos telefónicas, que la convencen de que el intérprete del himno “Amor eterno” burló a la Parca con la elegancia con la que esquivaba a los acreedores.

“Me van a tachar de demente, pero mi convicción es inquebrantable. Corren rumores de avistamientos, y mi espíritu, que es más crédulo que una agencia de publicidad, así lo acepta”, proclamó la artista a los sumos sacerdotes de la prensa del corazón.

Lucía rememoró con nostalgia el episodio fundacional de su credo personal: una comunicación telefónica “de una sospechosidad pasmosa” que recibió poco después del anuncio oficial del óbito del vocalista, acaecido un 28 de agosto de 2016. En un giro argumental que Hitchcock envidiaría, la voz al otro lado de la línea, según su testimonio, era inconfundible.

“Descolgué el auricular y escuché: ‘Hola, ¿cómo estás? Requiero de tu auxilio’. Mi primer impulso fue atribuirlo a un imitador patético… pero no, era Él, Su Voz. Pueden mofarse, pueden escarnecer, pero les juro que era Él”, narró con devoción en el púlpito del programa “El Gordo y la Flaca”, verdadero concilio ecuménico de lo insustancial.

Así, mientras la ciencia se empeña en conceptos tan banales como los certificados de defunción, una nueva religión nace, donde la fe en una llamada perdida tiene más peso que la cruda evidencia de una tumba. El espectáculo, gran sustituto moderno de la teología, encuentra así sus nuevos mártires y sus nuevos dogmas, demostrando que la necesidad de creer es infinitamente más poderosa que el deseo de saber.

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