Imaginen un mundo donde un pedazo de papel con un código QR vale más que el sueldo mensual de un médico. Bienvenidos al mercado de la reventa de boletos para BTS, donde la lógica económica ha sido reemplazada por la euforia colectiva y la especulación desenfrenada.
Las entradas para los tres conciertos en el Estadio GNP se evaporaron en 75 minutos, un ritmo que dejaría sin aliento hasta al más ágil corredor de Wall Street. Lo que siguió fue una lección magistral de economía distópica.
Mientras algunos fans lloraban de felicidad en redes sociales, otros comenzaron a rastrear los mercados secundarios con la desesperación de quien busca agua en el desierto. Ahí descubrieron que el sueño de ver a sus ídolos tiene un precio: desde 10 mil pesos por ver bolitas a lo lejos, hasta 122 mil pesos por la ilusión de contacto visual.
“Tenemos conexiones”, responden algunos vendedores cuando se les pregunta cómo obtuvieron zonas premium a precios “reducidos” de 6-7 mil pesos. Una frase que en cualquier otro contexto encendería todas las alarmas, pero aquí se acepta como moneda corriente.
En plataformas como Viagogo la especulación campa a sus anchas, mientras en Facebook y X circulan ofertas que huelen a estafa desde kilómetros de distancia. Los fans navegan entre la esperanza y el riesgo, calculando cuántos meses de salario equivalen a tres horas de música coreana.
Lo verdaderamente fascinante no son los precios estratosféricos, sino lo que revelan sobre nosotros: cómo transformamos la devoción en commodity, cómo normalizamos que la experiencia cultural tenga etiquetas dignas de un auto de lujo. Swift y Orwell se quedarían cortos ante esta sátira autorrealizada donde los fanáticos pagan fortunas por participar en su propio espectáculo secundario: el del capitalismo emocional en su estado más puro.
















