Después de años en el ojo público, te das cuenta de que la transparencia es lo único que vale. Laura Flores lo sabe. Acorralada por la prensa a las afueras de Televisa, tras promocionar su música en ‘Hoy’, no se anduvo con rodeos.
Lo primero que le preguntaron fue qué se había hecho en el rostro. Las fotos recientes donde luce rejuvenecida habían encendido las redes. Su respuesta fue directa y cargada de experiencia.
“No, el botox y yo no somos compatibles, porque se me levanta la ceja y todo”,
expresó. No es teoría. Es la lección aprendida de efectos secundarios pasados. Sus propios doctores se lo han advertido: esa sustancia y su genética no llevan bien.
Para demostrarlo, hizo algo que pocas figuras harían. Se quitó las gafas de sol y frunció el ceño deliberadamente.
“¿Viste?, aquí están todas mis arrugas”,
remató. Un gesto poderoso. No hay filtro ni pose, solo la realidad de una piel que ha vivido.
La clave, desde mi perspectiva, es que ella nunca ha escondido sus intervenciones. En abril del 2024 le contó a Matilde Obregón sobre su viaje a Bogotá para una ‘autoterapia’ para fortalecer el colágeno y una lipectomía postparto. Lo hace para sentirse cómoda consigo misma, punto.
Pero aquí está la sabiduría práctica: siempre con expertos. En esa misma charla reveló una anécdita crucial. Le preguntó a su cirujano sobre cómo tratar la flacidez en su espalda.
Él le dijo que no. Que una liposucción, aunque eliminaría la piel blanda, le dejaría una cicatriz irreversible. A veces, el mejor tratamiento es el que no te haces. Ese consejo de un profesional de confianza vale más que cualquier tendencia.
Al final, su postura mezcla autoconocimiento y pragmatismo. Sabe lo que su cuerpo tolera y lo que no. Rechaza el botox por experiencia propia, pero es abierta sobre otros procedimientos realizados con cuidado y asesoría profesional. Es un recordatorio de que en este mundo, más allá del deseo de mejorar, escuchar al cuerpo y a los buenos médicos es lo único que realmente funciona.

















