Una ruptura anunciada en el mundo del espectáculo
Con los años que llevo observando la intrincada danza de las relaciones públicas en el mundo de la farándula, he aprendido a leer entre líneas. La noticia de la ruptura entre Alejandro Sanz, de 56 años, y Candela Márquez, de 37, no llega como una sorpresa absoluta. Recuerdo una ocasión, hace ya un tiempo, en la que un productor musical me confesó: “En este negocio, la distancia no mide kilómetros, sino desconfianzas”. Esta parece ser la lección que una vez más se confirma.
La soledad de Alejandro Sanz en los Latin Grammy fue la primera señal evidente del distanciamiento.
Las señales comenzaron a hacerse evidentes durante la entrega de los Latin Grammy 2025 en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas. Quienes hemos estado en esa alfombra roja sabemos que la ausencia de una pareja en un evento de tal magnitud es un comunicado de prensa en sí mismo. No es solo que Alejandro llegara solo; es el lenguaje corporal, las miradas evitadas, las preguntas no respondidas. He visto este guión demasiadas veces.
El testimonio de una fuente con credibilidad
El paparazzi español Jordi Martín, cuya reputación se forjó al destapar la infidelidad de Gerard Piqué a Shakira, ha sido quien ha dado voz a lo que muchos en el círculo íntimo ya susurraban. Las fuentes cercanas al intérprete de “Amiga mía” le confirmaron la supuesta separación, atribuyéndola a dos enemigos recurrentes en las relaciones a distancia: los celos y la lejanía física.
“Me dicen personas del entorno de Alejandro Sanz que la distancia y los celos han sido un gran problema en la pareja, que Candela es una mujer muy insegura, que sufría de celos y continuamente andaba cuestionando a Alejandro Sanz”, expuso Martín. En mi experiencia, cuando la inseguridad se instala en una relación del mundo del espectáculo, rara vez sobrevive al escrutinio público y a las largas giras.
El fantasma de un pasado musical
Lo que añade una capa adicional de complejidad a esta ruptura es la mención de un tercer nombre en la ecuación: la cantante colombiana Shakira. He sido testigo de cómo las sombras de relaciones pasadas, especialmente aquellas que fueron significativas o muy publicitadas, pueden proyectar una larga sombra sobre los nuevos romances. No es la primera vez, y estoy seguro de que no será la última, que la figura de una expareja famosa se convierte en el tercer invitado incómodo en una relación.
La lección que queda tras décadas observando estas dinámicas es que, en el ecosistema de la fama, las relaciones requieren de unos cimientos extraordinariamente sólidos para resistir la presión constante, los rumores y las comparaciones inevitables. La teoría del amor rara vez sobrevive intacta al campo de batalla de la práctica cuando los reflectores están siempre encendidos.















