La noticia llegó con un post en redes. Un día después de compartir escenario en Washington D.C., Nicki Minaj presumió su nuevo documento migratorio. La imagen era clara: la rapera sostenía con orgullo la llamada Tarjeta Dorada Trump.
Este visado especial está diseñado para inversionistas extranjeros que buscan residencia en Estados Unidos. Lo curioso, según la propia artista, es que no le costó ni un centavo. En sus publicaciones, aseguró que ya está finalizando los trámites para su ciudadanía.
El mensaje iba acompañado de un elogio directo. Escribió: “Mi maravilloso, amable y encantador presidente. Gracias por la petición, no lo habría logrado sin ti”. El cierre incluía una imagen provocadora de una película clásica.
El vínculo se forjó horas antes en el Carnegie Mellon Auditorium. Allí, Minaj y Donald Trump subieron al escenario tomados de la mano. El evento promocionaba un programa de cuentas de inversión para niños.
Desde el podio, la estrella del rap no se contuvo. Se declaró “fan número uno” del ex mandatario y afirmó que nadie podría detenerlo porque “Dios lo protege”. Calificó las ayudas económicas presentadas como “el verdadero significado de la generosidad”.
Su apoyo no fue solo verbal. Diversos medios reportan que Minaj realizó una aportación al programa. Las cifras manejadas oscilan entre 150 mil y 300 mil dólares, fondos destinados a las cuentas para menores.
Esta escena de alianza política y celebridad se desarrolla en un contexto nacional complejo. El clima en EE.UU. está marcado por protestas contra el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). La tensión aumentó tras la muerte de Alex Pretti y Renee Good en Minneapolis, residentes que fallecieron a manos de agentes federales mientras intentaban proteger a inmigrantes.
La jugada de Minaj mezcla visibilidad, acceso y un mensaje político claro. Muestra cómo las figuras públicas pueden navegar—y aprovechar—los sistemas de poder más exclusivos.















