La geopolítica del altiplano está cambiando. Después de más de una década de tensión, Washington vuelve a tener interlocutores en La Paz. Y esta vez, con la puerta abierta.
Funcionarios estadounidenses viajaron a Sucre para sentarse con la Fiscalía boliviana. El objetivo, según el comunicado oficial, fue “dialogar sobre el futuro de la cooperación bilateral”. Traducción: reconstruir los puentes que Evo Morales dinamitó hace años.
“El objetivo de esta reunión fue dialogar sobre el futuro de la cooperación bilateral, intercambiar experiencias y fortalecer los mecanismos de coordinación interinstitucional”, indicó la Fiscalía.
En la mesa estuvieron desde la exfiscal Shanna Batten hasta el secretario general de la Fiscalía boliviana, Israel Badelomar. No era un té cortés. Era el primer paso tangible de un giro diplomático total.
Porque todo ha cambiado en dos meses. Rodrigo Paz llegó al poder y normalizó relaciones con Washington al día siguiente. Un movimiento rápido que enterró la era de Morales y Arce, críticos feroces de EE.UU.
La señal más clara es el retorno anunciado de la DEA, expulsada en 2008. Es un símbolo potente. Washington había descertificado por años la lucha antidrogas boliviana. Ahora, parece haber un botón de reinicio.
Pero el contexto es complejo. Bolivia es el tercer productor mundial de coca. La hoja sagrada y milenaria convive con su sombra: la cocaína. Cualquier cooperación tendrá que navegar esa dualidad cultural y económica.
Mientras tanto, otra delegación del Senado estadounidense se reunía con el vicepresidente Edman Lara. El mensaje es claro: EE.UU. está invirtiendo capital político en este nuevo gobierno.
Queda por ver qué acuerdos concretos salen de estos diálogos. Pero después de años de desencuentros, al menos ya están hablando.

















