El costo oculto de reportar desde Venezuela: nuestra retención

La cobertura en terrenos complejos nunca es como te la pintan en los manuales. Lo que vivimos Julián Mazoy y yo, Jeff Martínez, al ingresar a Venezuela fue una lección cruda sobre la diferencia entre el riesgo teórico y la vulnerabilidad real. La frontera entre el periodismo y la pesadilla se desdibuja en cuestión de segundos cuando las autoridades deciden que tu pasaporte es un problema.

Recuerdo la mezcla de adrenalina y temor controlado al ser separados del flujo normal de viajeros. Esa sensación de incertidumbre, donde el reloj parece detenerse, es algo que solo entiende quien ha estado allí. Durante diecisiete horas interminables, la narrativa no la llevamos nosotros, sino quienes nos custodiaban. A través de una conversación posterior con la colega Azucena Uresti en Radio Fórmula, pudimos articular el calvario: momentos de tensión extrema intercalados con falsas muestras de cordialidad. La frase “500 dólares para su libertad, o no ven a sus familias de nuevo” no se olvida. Es el sonido de la extorsión pura, disfrazada de “broma” entre hombres armados. La lección fue clara: en ciertos contextos, el poder no negocia, impone condiciones.

Sin embargo, la experiencia te enseña que la presión externa es a veces tu único escudo. La atención mediática se convirtió en nuestro ángel guardián invisible. Fue ese foco público, no la clemencia de nuestros captores, lo que finalmente nos devolvió la libertad sin el pago del “rescate”. Es un recordatorio amargo pero vital: en el periodismo, tu trabajo y la visibilidad que genera pueden ser tu principal salvoconducto.

La estrategia del buen y el mal policía: un teatro intimidante

Julián lo describió con precisión: el clásico juego del “buen y mal policía”. En mi larga trayectoria, he visto esta táctica en varios países, pero adquiere una dimensión aterradora cuando se realiza con fusiles como accesorios. Un chiste pierde toda su gracia cuando quien lo dice te muestra unas esposas o ajusta la mira de su arma. No es una técnica de interrogatorio; es un espectáculo de dominación diseñado para quebrar tu espíritu y recordarte tu absoluta falta de control. Su objetivo real no era obtener información de nosotros, sino sembrar el miedo.

Había una paranoia palpable en ellos, una preocupación genuina por la historia que podríamos contar. Por eso alargaron la retención, esperando a que el ciclo noticioso cambiara y la atención disminuyera. Querían soltarnos cuando nuestro relato tuviera el menor impacto posible. Es una estrategia calculada: desgastar la noticia antes de que nazca. Esto te hace valorar, como nunca antes, la instantaneidad y el poder de las redes sociales y los colegas que alzan la voz desde fuera.

El mensaje detrás del procedimiento anormal

La frase que más resonó en mí fue su advertencia inicial: “No somos agentes fronterizos normales. Ustedes saben quiénes somos”. Esa ambigüedad deliberada es una herramienta de terror psicológico. No se identifican, pero dejan que tu mente llene los vacíos con las peores posibilidades. Te fuerzan a jugar su juego, con sus reglas oscuras.

La confirmación llegó horas después, de la manera más simbólica. Mostraron un libro, un gesto aparentemente inocuo que en ese contexto era una declaración de poder: “Somos el SEBIN”. La mención al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional no era informativa; era una demostración. Era decir “estás en nuestras manos, y nuestra autoridad es absoluta”. Es en esos momentos donde comprendes que la lucha no es por una acreditación, sino por la integridad básica y el derecho a narrar lo que se ve.

Esta vivencia, más allá del trauma personal, refuerza una convicción: el periodismo en zonas grises exige una preparación que va más allá del equipamiento. Exige redacciones que respalden, protocolos claros de seguridad y la valentía de contar la historia, incluso cuando intentan silenciarte con miradas, armas y la sombra de una celda. La verdad, al final, siempre encuentra una grieta por donde filtrarse.

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