Internacional
El grotesco carnaval naval contra un enemigo invisible
La geopolítica del Caribe se convierte en un absurdo teatro naval donde la razón naufraga entre acusaciones y acorazados.

El Grotesco Carnaval Naval Contra un Enemigo Invisible
En un alarde de creatividad geopolítica que hubiera enorgullecido al mismísimo Jonathan Swift, el Imperio del Norte ha decidido que la solución definitiva para el complejo entramado del narcotráfico continental no reside en tratar su propia adicción patológica al consumo, sino en desplegar una flota de juguetes de guerra en el patio trasero de sus vecinos. ¡Eureka!
Desde la siempre lúcida Cancillería de la Mayor de las Antillas, se ha tachado esta pantomima de lo que es: un acto circense de fuerza bruta tan sutil como un elefante en una cacharrería, disfrazado de operación de salubridad pública. ¿Qué mejor manera de combatir el tráfico de sustancias ilícitas que con portaviones, destructores y miles de infantes de marina sedientos de acción? La lógica es tan aplastante como un misil.
El comunicado oficial cubano, una joya de la retórica bajo el fuego, señala con el dedo acusador este peligroso acto de agresión disfrazado de caridad. Porque, seamos serios, ¿quién no enviaría su armada a miles de kilómetros para “ayudar” a un país con el que mantiene relaciones diplomáticas tan cordiales como las de un león con un antílope?
Mientras tanto, el siempre ecuánime gobierno de Washington, hablando por boca de un “funcionario anónimo” (esa figura mitológica de la transparencia moderna), detalló con precisión quirúrgica su desfile de barcos: el USS Gravely, el USS Jason Dunham, el USS Sampson… una nomenclatura tan belicosa como poética, lista para repartir democracia y profundidad estratégica a cañonazos.
Al otro lado del tablero, el presidente Maduro, en un arranque de lucidez mercantil, espetó la verdad incómoda: las mafias que controlan el negocio no están en Caracas, sino en Wall Street y en los clubes de country de Florida. Pero, ¿para qué abordar la raíz del problema cuando puedes enviar destructores a hacer turismo frente a La Guaira?
El colmo del esperpento lo protagonizan las diminutas naciones caribeñas, que de la noche a la mañana se encuentran como extras en la nueva temporada de “Juego de Tronos” tropical, intentando declarar una neutralidad que a los gigantes les importa tanto como a un tiburón la opinión de un cardumen. El primer ministro de Curazao, a solo 65 kilómetros del epicentro del absurdo, salió a “tranquilizar” a su población. ¿Con qué? ¿Con la promesa de que los misiles cruceros son, en el fondo, pacifistas?
Y para cerrar este festival de sinsentidos, el ALBA, ese club de los indignados contra el hegemon, se reunió para rechazar la jugarreta naval. Una declaración que, sin duda, hará temblar los cimientos del Pentágono y provocará la retirada inmediata de las flotas. O no.
En resumen, asistimos a una obra de teatro absurda donde todos actúan, todos declaman y nadie se cree el guión. Mientras, el verdadero problema –la demanda insaciable de drogas en el norte y la violencia que genera– sigue intacto, esperando su turno detrás del ruido de los motores de los acorazados y la retórica hueca. Una farsa trágica, con barcos muy reales, en un mar de mentiras.

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