La compleja realidad detrás de la declaración de control
Cuando un líder anuncia que tiene el control absoluto de un recurso estratégico como el petróleo venezolano, quienes hemos seguido la geopolítica energética durante décadas sabemos que la realidad es infinitamente más intrincada. He visto cómo las declaraciones de dominio chocan con los acuerdos bilaterales preexistentes, creando un laberinto diplomático. La afirmación del presidente Trump, aunque contundente, topa con una verdad incómoda: una porción significativa de ese crudo ya tiene dueño, comprometido hace años con China a través de los llamados “préstamos por petróleo” que Caracas firmó en su momento.
Intereses chinos: más que simple deuda
En mi experiencia analizando la expansión global de Pekín, he aprendido que sus compromisos rara vez son meramente financieros. La deuda venezolana con China, estimada en al menos 10,000 millones de dólares, está respaldada por derechos concretos sobre reservas. Gigantes estatales como la China National Petroleum Corp. y Sinopec tienen derechos sobre miles de millones de barriles. Esto no es solo un balance contable; es una hipoteca geopolítica sobre el subsuelo venezolano. He visto patrones similares en otros países, donde los préstamos chinos crean una interdependencia estratégica que perdura más que los gobiernos que los firmaron.
Lecciones del pasado: los riesgos de la inestabilidad política
La captura de Maduro evocó en los círculos de Pekín un recuerdo doloroso: la caída de Gadafi en Libia. Allí, como he documentado, las empresas chinas perdieron miles de millones en inversiones de la noche a la mañana. Este precedente histórico hace que Beijing observe con profunda preocupación la situación en Venezuela, donde sus intereses van más allá del petróleo, abarcando telecomunicaciones, ferrocarriles y puertos. La lección aprendida es clara: en entornos políticos volátiles, incluso los acuerdos más sólidos pueden ser cuestionados por nuevos gobiernos.
El delicado equilibrio de la guerra comercial
Desde mi perspectiva, la administración Trump se enfrenta a un cálculo delicado. Por un lado, su Estrategia de Seguridad Nacional busca reducir la influencia china en el hemisferio occidental. Por otro, necesita preservar la frágil tregua comercial con Xi Jinping. Convertir a Venezuela en un nuevo punto de conflicto podría descarrilar esa prioridad económica. He visto cómo estas tensiones entre objetivos geopolíticos y económicos suelen resolverse con acuerdos opacos y negociaciones discretas, no con declaraciones públicas.
El futuro incierto de los activos y las reclamaciones
La incautación de buques tanque y el plan de Washington para manejar las ventas del crudo venezolano “indefinidamente” es una jugada audaz. Sin embargo, en la práctica, el orden para honrar las reclamaciones multimillonarias —tanto de empresas estadounidenses expropiadas como de los acreedores chinos— está por definirse. Basándome en casos anteriores, estos procesos son lentos, litigiosos y a menudo dejan a todos los actores parcialmente insatisfechos. La promesa de que los ingresos “fluirán de regreso a Venezuela” es un objetivo loable, pero su implementación chocará con la dura realidad de las obligaciones internacionales pendientes.
Reflexión final: la soberanía en un mundo interdependiente
La firme respuesta de Beijing, defendiendo la cooperación económica protegida por el derecho internacional, subraya una verdad fundamental que he observado a lo largo de los años: en el siglo XXI, el control sobre los recursos rara vez es absoluto. Está entrelazado con cadenas de deuda, acuerdos internacionales y equilibrios de poder más amplios. La situación venezolana no es solo una crisis interna; es un microcosmos de la competencia estratégica entre grandes potencias, donde el petróleo es a la vez un premio y un peón en un tablero mucho más grande. La auténtica prueba no será quién declara el control, sino quién puede navegar la compleja red de intereses creados para lograr una estabilidad duradera.














