Detrás de los reflectores del próximo Mundial, se mueven acuerdos que pocos ven. Elementos de alto nivel de la Marina mexicana, la Defensa Nacional y hasta el Comando Norte de Estados Unidos se reunieron en privado.
La pregunta es inevitable: ¿qué se discute realmente cuando se cierran las puertas? La conferencia oficial habla de “intercambio de información” y “fortalecer capacidades”. Pero el lenguaje público siempre es vago.
“Mejora los procedimientos de cooperación bajo principios de reciprocidad y responsabilidad compartida”, declaró la Semar en redes.
Un escepticismo saludable nos obliga a ir más allá del comunicado. El encuentro no fue en cuarteles militares, sino en un lugar emblemático: la Embajada de Estados Unidos en México, el pasado 13 de enero. Un detalle que habla por sí solo sobre el nivel político del diálogo.
La investigación conecta puntos dispersos. Días antes, entre el 15 y 19 de diciembre, ya hubo una junta de coordinación en instalaciones de la Sedena. Ahora evalúan actividades para todo el 2026. La cronología revela un proceso continuo, no un evento aislado.
Las capas se profundizan. No se trata solo de protocolos o simulacros. Se está diseñando una arquitectura completa de seguridad binacional para un evento sin precedentes: un Mundial en tres países. ¿Hasta dónde llegará la colaboración operativa? ¿Qué información fluirá entre agencias?
La revelación final está en lo no dicho. Estas reuniones están sentando las bases para una integración estratégica militar y de inteligencia que trascenderá el evento deportivo. El Mundial 2026 podría ser el catalizador para redefinir, tras bambalinas, la cooperación en seguridad continental. La verdadera jugada maestra se está planeando ahora, lejos de las cámaras.


















