Imagina un fuego que no sigue las reglas. Eso es lo que está pasando en Chile. Las llamas están devorando el centro y sur del país con una ferocidad que ha dejado al menos 20 vidas perdidas y decenas de miles de personas sin hogar.
No es solo el calor o el viento. Es la combinación perfecta de una década de sequía extrema, temperaturas récord y paisajes transformados por la actividad humana. Los expertos lo tienen claro: estamos ante un cambio de patrón.
“Estamos viviendo una situación particularmente crítica que se escapa muy distante de los promedios habituales”, señaló Miguel Castillo, director del Laboratorio de Incendios Forestales de la Universidad de Chile.
Lo más preocupante: hay menos incendios, pero están causando mucho más daño. La superficie afectada se ha casi triplicado respecto a temporadas anteriores. Es como si el fuego hubiera aprendido a ser más eficiente en su destrucción.
El gobierno declaró estado de catástrofe, una medida excepcional que permite la coordinación militar. Pero los bomberos enfrentan un desafío sin precedentes.
“Este es un gran desafío para los bomberos”, aseguró Virginia Iglesias, directora del Earth Lab en la Universidad de Colorado.
La receta del desastre tiene tres ingredientes clave según los científicos: ignición (casi siempre humana), combustible abundante y condiciones áridas extremas. Y Chile tiene los tres en abundancia.
Pero hay un factor adicional que está cambiando las reglas del juego: las plantaciones industriales de pino y eucalipto. Estos monocultivos actúan como autopistas para las llamas.
“Las plantaciones facilitan la rápida propagación del fuego. Eso está comprobado. No tiene margen de duda”, señaló Castillo con contundencia.
Alejandro Miranda, investigador climático chileno, explica que estas plantaciones crean condiciones ideales para incendios de alta intensidad. Tienen mucha vegetación seca en el suelo y árboles todos de la misma edad y altura.
Lo peor son las brasas viajeras. El viento las lleva kilómetros adelante, creando nuevos focos detrás de las líneas de contención. Es como jugar al gato y al ratón con un fuego que se multiplica.
Los impactos van mucho más allá del momento del incendio. El humo contamina el aire a cientos de kilómetros, los suelos quedan impermeables aumentando riesgo de inundaciones, y especies invasoras aprovechan para colonizar territorios quemados.
Miranda lo dice sin rodeos:
“Justamente estas condiciones son las que favorecen la propagación de los incendios y estas condiciones son las que se prevén sean más intensas en el futuro”.
Mientras tanto, en ciudades como Penco y Lirquén, las familias regresan a encontrar solo escombros donde antes había hogares. Techos colapsados, vehículos derretidos, vidas reducidas a cenizas.
Los expertos coinciden: apagar incendios es necesario, pero prevenir es urgente. Rediseñar comunidades, gestionar mejor el territorio y enfrentar decididamente el cambio climático ya no son opciones sino necesidades básicas de supervivencia.
Chile está escribiendo hoy el manual de lo que será vivir con incendios forestales en la era del calentamiento global. Y la lección es clara: cuando modificamos profundamente los paisajes sin entender sus dinámicas ecológicas, pagamos un precio devastador.

















