Imaginen rascacielos elegantes, una costa prístina y un puerto de última generación en el Mediterráneo. Eso es lo que Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, pintó en Davos como el futuro posible para Gaza.
Pero hay un problema enorme entre ese sueño y la realidad. O mejor dicho, sesenta millones de toneladas de problemas.
“En Oriente Medio, construyen ciudades como esta… en tres años”, dijo Kushner desde el foro económico suizo. “Y cosas como esta son muy factibles, si lo hacemos realidad”.
Su cronograma optimista se estrella contra los pronósticos de la ONU. La Oficina de Servicios para Proyectos de Naciones Unidas tiene cifras que cuentan otra historia: más de siete años solo para limpiar los escombros. Luego vendría el retiro de explosivos.
La presentación coincidió con la ratificación de la Junta de Paz, el organismo que supervisará el alto el fuego. Pero aquí está el primer gran interrogante: ¿qué significa realmente ‘seguridad’ en este contexto?
Kushner fue claro: sin seguridad, no hay plan. Pero los disparos israelíes contra palestinos en Gaza continúan casi a diario desde que entró en vigor la tregua en octubre. El Ministerio de Salud local reporta al menos 470 muertes desde entonces.
Israel argumenta que responde a violaciones del acuerdo. Sin embargo, entre los fallecidos hay docenas de civiles, incluyendo niños pequeños y mujeres.
Luego está la cuestión de Hamás. Funcionarios del grupo dicen considerar ‘congelar’ sus armas como parte de un proceso hacia un estado palestino. Pero ¿cederán el control real a un comité respaldado por Estados Unidos?
Kushner mencionó que grupos armados competidores serían ‘integrados’ o desmantelados. Durante la guerra, Israel ha apoyado a algunas facciones palestinas para contrarrestar a Hamás, añadiendo otra capa de complejidad.
Sin un desarme creíble, advirtió Kushner, será imposible atraer los 70 mil millones de dólares que estiman la ONU, la UE y el Banco Mundial para reconstruir.
Una diapositiva de su presentación lo dejó claro: la reconstrucción no comenzaría en áreas que no estén completamente desarmadas.
Mientras tanto, en Gaza real –no la de las presentaciones– los antiguos bloques de apartamentos son colinas de escombros. Municiones sin detonar acechan bajo los restos. La enfermedad se propaga por agua contaminada y las calles parecen cañones de tierra.
La visión futurista choca con una verdad incómoda: antes que rascacielos, lo que Gaza necesita es encontrar cómo silenciar las armas y remover las ruinas del conflicto actual.











