Rodríguez busca inversores para el petróleo venezolano tras captura de Maduro

El primer mensaje sobre el estado de la nación de Delcy Rodríguez tenía un tono que nadie esperaba. Menos de dos semanas después de que Estados Unidos capturara a Nicolás Maduro, la presidenta encargada no lanzó una diatriba. En su lugar, abogó por abrir la crucial industria petrolera estatal a más inversión extranjera.

¿Un cambio real de doctrina o una maniobra forzada? La presión de Washington es palpable. Trump prometió tomar el control de las ventas de crudo venezolano. Frente a eso, Rodríguez declaró que se “forma una nueva política en Venezuela”. Instó a sus diplomáticos a salir a buscar capital foráneo.

Pero aquí está el detalle que hace ruido. Dijo que el dinero del petróleo fortalecería la salud y la infraestructura, gran parte construida por Chávez y descuidada después. Es como admitir, sin decirlo, el fracaso de la gestión anterior.

Mientras ella hablaba, pasaba algo más. La líder opositora María Corina Machado estaba en la Casa Blanca, reunida con Trump. Le entregó su medalla del Nobel de la Paz “como un reconocimiento por su compromiso único con nuestra libertad”. Sus seguidores coreaban “Gracias Trump”.

“No le tengamos miedo a la diplomacia”, expresó Rodríguez desde Caracas.

Sin embargo, el retrato de Maduro y su esposa estaba a su lado durante el discurso. Un símbolo incómodo. Ella prometió ir a Washington “de pie, caminando, no arrastrada”. ¿Es posible mantener soberanía mientras se cede el control económico?

La reunión de Machado con Trump no tuvo cobertura en la televisión estatal venezolana. Allí solo hay imágenes de marchas orquestadas pidiendo el regreso de Maduro. Dos realidades paralelas, completamente desconectadas.

El Tribunal Supremo le dio a Rodríguez poderes por 90 días renovables. A su gobierno no se le exigen elecciones pronto. Esto le da tiempo… pero ¿para qué? Para negociar un nuevo pacto petrolero con EE.UU. mientras la oposición legitima al mismo poder que capturó al expresidente.

La narrativa oficial se resquebraja. La búsqueda desesperada de inversión choca con la retórica antiimperialista de dos décadas. El dinero puede estar fluyendo pronto, pero la pregunta persigue: ¿a qué costo real para lo que queda de soberanía?

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