En un giro que mezcla presión y diplomacia, Donald Trump confirmó que su administración ha empezado a hablar con líderes cubanos. La revelación llega justo cuando intensifica una estrategia para estrangular económicamente a la isla, cortando su flujo vital de combustible.
Desde el aire, a bordo del Air Force One rumbo a Florida, el mandatario soltó la noticia. Dijo que en semanas recientes han trabajado para bloquear el petróleo que llega a Cuba desde Venezuela y México. El objetivo declarado es forzar al gobierno de La Habana a sentarse a negociar.
“Estamos empezando a hablar con Cuba”, afirmó Trump, aunque sin dar detalles sobre el nivel o alcance de esos contactos.
Su mensaje fue claro: la presión va en aumento. La administración insiste en que cualquier diálogo debe venir acompañado de cambios significativos por parte del régimen cubano, tanto en política interna como en su relación con Washington.
Esta maniobra coloca al gobierno de la isla en una encrucijada compleja. Por un lado, sienten el cerco económico apretarse más que nunca. Por otro, se les abre una puerta, aunque mínima, al diálogo. Es la vieja táctica de la zanahoria y el palo, aplicada con un estilo muy propio del expresidente.
El movimiento ocurre en medio del histórico y tenso panorama entre ambos países. Una relación marcada por décadas de sanciones, desencuentros y breves periodos de deshielo que nunca terminaron de cuajar. Ahora, Trump juega sus cartas finales combinando bloqueo y conversación.














