Imaginen esto: el gran estratega de la Casa Blanca, en un arrebato de genialidad geopolítica, decide que la mejor manera de promover la paz mundial es enviar un grupo de portaaviones con miles de soldados hacia una región ya bastante caliente. Todo porque le preocupa —supuestamente— que otro gobierno sea muy duro con sus propios ciudadanos.
“Tenemos una flota masiva dirigiéndose en esa dirección, y tal vez no tengamos que usarla”, declaró el presidente Trump a los periodistas el jueves, añadiendo ese detalle tranquilizador de “por si acaso”.
La lógica es impecable. Primero amenaza con una acción militar si Irán ejecuta manifestantes. Luego afirma que Teherán detuvo las ejecuciones de 800 personas —afirmación que las autoridades iraníes tacharon de “completamente falsa”— pero envía los barcos igual. Porque, claro, cuando quieres evitar violencia, nada mejor que mover piezas de ajedrez nuclear por el tablero.
El portaaviones Abraham Lincoln y tres destructores ya navegan desde el Mar de China Meridional hacia el Océano Índico. Se unirán a otros buques en Bahréin y el Golfo Pérsico, sumando unos 5.700 soldados más a la región donde EE.UU. ya tiene bases como Al Udeid en Qatar.
Lo curioso es el timing. Hace poco, la administración Trump trasladó recursos al Caribe para presionar a Venezuela. Ahora los mueve de vuelta al Oriente Medio. Parece que hay un juego musical de portaaviones donde las sillas son países y la música son amenazas veladas.
Más aviones se suman al despliegue. El Comando Central anunció la presencia de cazas F-15E Strike Eagle, mientras Reino Unido envía sus Typhoon a Qatar. Analistas reportan decenas de aviones de carga militar rumbo a la zona, en un déjà vu del año pasado cuando hubo intercambio de misiles.
Todo esto ocurre mientras Irán vive sus protestas más grandes en años por la crisis económica. Activistas reportan más de 5.000 muertos y 27.600 detenidos —cifras que Teherán reduce drásticamente— con funcionarios iraníes prometiendo juicios rápidos y “respuesta decisiva” si hay intervención extranjera.
Así estamos: dos gobiernos hablando de proteger vidas mientras acumulan fuego alrededor del polvorín. Uno amenazando con hacer “parecer insignificantes” ataques nucleares previos si hay ejecuciones. El otro prometiendo respuesta contundente si intervienen.
Y en medio, como siempre, la gente común atrapada entre la represión interna y las flotas externas que llegan “por si acaso”. Porque en la gran sátira geopolítica, los pretextos humanitarios siempre caben perfectamente en los tubos lanzatorpedos.


















