La Voz de la Experiencia en el Campo y las Carreteras
He vivido suficientes ciclos de protesta en este país para reconocer el patrón. Cuando los caminos se cierran, no es el primer recurso; es el último. Este lunes, en 76 puntos del territorio nacional, transportistas y campesinos nos recordaron una lección que he aprendido a lo largo de décadas: la desesperación precede a la acción.
CIUDAD DE MÉXICO. La paralización de autopistas, carreteras, casetas y puentes fronterizos en al menos 19 entidades federativas no es un capricho. Lo he visto antes: cuando las demandas de seguridad en los caminos y precios equitativos para las cosechas se acumulan sin respuesta, la válvula de presión termina por reventar. El rechazo a la nueva Ley de Aguas Nacionales fue simplemente el detonante final.
Las autoridades federales han intentado, en otras ocasiones, desacreditar estas movilizaciones tachándolas de motivaciones políticas. Pero permítanme compartir una perspectiva forjada en la práctica: cuando un agricultor abandona su tierra para bloquear una carretera, su lealtad no es a un partido, sino a su sustento. Los inconformes en varios estados han sido claros: no militan en ninguna sigla partidista. Su petición es simple y profunda: que no se desvirtúe su legítima exigencia.
En Tamaulipas, donde se registraron seis bloqueos, la situación es emblemática. En Reynosa, el cierre de las vías hacia Matamoros y Monterrey por productores de la región tiene un mensaje que he escuchado antes: la paciencia se agotó. Su advertencia de mantenerse por tiempo indefinido hasta que el gobierno federal resuelva la problemática del campo no es una táctica, es una declaración de supervivencia.
Los agricultores de Reynosa son pragmáticos. Su anuncio de retornar al mismo lugar si no obtienen una respuesta favorable refleja una triste realidad que conozco bien: cuando el diálogo falla, la obstrucción parece ser el único lenguaje que se escucha.
“Aquí estamos desde el filo del mediodía, no nos quedó de otra mas que recurrir a éste tipo de medidas de presión y seguimos en espera de que se nos dé una contestación a nuestras demandas de precios justos a nuestras cosechas de maíz, sorgo y trigo así como de otros productos más que venemos produciendo desde hace muchos años”, dijo Héctor De León Peña, uno de los dirigentes del movimiento.
El cierre del acceso al Puente Internacional Reynosa-Pharr, principal entrada para el transporte de carga, y la caseta a Nuevo Progreso, generó el efecto colateral inevitable: el malestar ciudadano. Las largas filas de vehículos y el desconsuelo de las familias atrapadas son el costo social inmediato de estas protestas.
“Traemos niños, tienen hambre. Queremos que nos dejen pasar, no es justo lo que hacen, los ciudadanos no tenemos la culpa, queremos que piensen en los niños que ya están desesperados”, gritaban las madres de familia.
La geografía de la protesta se expandió desde el centro del país—especialmente el Estado de México e Hidalgo, en las arterias que conectan con la Ciudad de México—hacia San Luis Potosí, Zacatecas, Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila, Puebla, Querétaro, Guerrero, Sinaloa, Guanajuato, Michoacán, Aguascalientes, Sonora, Veracruz, Jalisco, Tlaxcala y Durango. Este patrón de contagio es típico cuando el descontento encuentra eco en realidades compartidas.
Los primeros bloqueos en el Estado de México afectaron siete puntos críticos: la carretera federal Texcoco-Lechería, las autopistas México-Pachuca, México-Puebla y la Peñón-Texcoco. Las vialidades de Ecatepec, Tecámac, Los Reyes La Paz, Texcoco, Acolman y Toluca sufrieron más de ocho horas de parálisis, hasta que hacia las 18:00 horas comenzó la lenta liberación de las vías.
Chihuahua destacó con ocho puntos de bloqueo en seis carreteras, incluyendo la toma de la línea ferroviaria México-Ciudad Juárez y el cierre de puentes internacionales en Zaragoza-Ysleta y Jerónimo-Santa Teresa. Michoacán, por su parte, reportó obstrucciones en 11 puntos de ocho municipios.
En Hidalgo, los productores de la región de Tula cerraron el Arco Norte, instalando campamento en la caseta Tula 1. Allí se unieron los transportistas, cuyo cansancio ante la inseguridad vial es comprensible. Esta vía, ya tristemente conocida como el “Arco Muerte” por la alta incidencia de asaltos, extorsiones y secuestros, simboliza el abandono que sienten quienes transitan estos caminos diariamente.
En Sinaloa, los campesinos tomaron las casetas de Cuatro Caminos, El Pizal en Navolato, y Costa Rica en la Maxipista Culiacán-Mazatlán. Cada uno de estos puntos representa no solo una interrupción logística, sino un grito colectivo por condiciones básicas de dignidad y seguridad.
Después de años observando estos fenómenos, puedo afirmar que los bloqueos son síntomas, no la enfermedad. La enfermedad es la desatención crónica a las demandas legítimas de quienes sostienen nuestra seguridad alimentaria y logística. Hasta que eso se comprenda, seguiremos viendo cómo las carreteras se convierten en el escenario de un descontento que ya no cabe en los canales tradicionales.

















