Las fuerzas federales acaban de asestar un golpe contundente al crimen organizado en el corazón de Sinaloa. En una serie de operativos conjuntos, elementos del Ejército, la Guardia Nacional y policías estatales desmantelaron una red logística clave para la producción de drogas sintéticas.
Los números son abrumadores. En los municipios de Badiraguato, Culiacán y Cósala se aseguraron más de 20 mil litros de sustancias químicas, junto con un arsenal que incluye 11 armas de fuego y cerca de 8 mil cartuchos. La cantidad de material es tal que llenaría una piscina olímpica pequeña.
“Como parte de la estrategia nacional de seguridad, en operativos conjuntos con la Guardia Nacional en tres municipios, se localizaron 17 áreas de concentración”, informó la Comandancia de la Tercera Región Militar.
La operación, bautizada como “Búsqueda, Localización y Destrucción de Laboratorios”, reveló la sofisticación industrial del narcotráfico. No se trataba solo de químicos básicos: entre lo incautado hay reactores, condensadores, mezcladoras y hasta programadores eléctricos. Es decir, equipamiento especializado para producción a gran escala.
El detalle del botín es revelador:
- 1,430 litros de una sustancia química aún no identificada
- 3,766 litros de acetona (suficiente para limpiar un estadio)
- Toneladas de ácidos clorhídrico, fosfórico y muriático
- 225 kilos de sosa cáustica en nueve bultos
Lo más preocupante: también encontraron 33 artefactos explosivos artesanales, un lanzagranadas y equipo táctico. Esto sugiere que estos sitios no solo producían drogas, sino que estaban preparados para defenderse.
Curiosamente, entre el material incautado hay elementos domésticos: aceite comestible, bicarbonato de sodio y parrillas eléctricas. Una muestra más de cómo el narcotráfico mezcla lo industrial con lo cotidiano para camuflar sus operaciones.
Este golpe ocurre en municipios históricamente vinculados al narcotráfico. Badiraguato es conocido como “la cuna” del narco mexicano. Que allí hayan encontrado laboratorios inactivos sugiere dos cosas: o las autoridades llegaron tarde, o los criminales ya movieron sus operaciones a otro lado.
Lo cierto es que cada reactor destruido representa millones en pérdidas para el crimen organizado. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos laboratorios similares siguen operando sin ser detectados?


















