En un alarde de diplomacia cultural que Swift hubiera enmarcado para la posteridad, el solemne Museo Nacional de las Esculturas del Mundo se prepara para una metamorfosis temporal. Este sábado, sus patios resonarán no con el eco contemplativo del arte, sino con el estruendo de más de treinta leones y seis dragones de cartón piedra. Una procesión que, en su coreografía perfecta desde la calle Moneda al Zócalo y retorno, parece menos una celebración milenaria y más un desfile militar de juguete.
Dentro del recinto, la tradición se licúa en un menú de actividades para degustar como canapés: danzas, pasarelas, conferencias. Todo gratuito, por orden de llegada. Un cupo milimétricamente calculado: mil almas en el patio, veinte por taller, ochenta por conferencia. El espíritu comunitario, reducido a logística de aforo.
Pero la joya de la corona, la verdadera alegoría de nuestro tiempo, es el Octavo Concurso de Disfraces. Una competición dirigida con precisión burocrática a ‘residentes permanentes no chinos en México’. La temática obligatoria es el caballo. Las dimensiones mínimas, de 50 por 50 centímetros. Se otorgan ‘puntos extra’ por usar materiales reciclados, en un guiño ecológico que Orwell encontraría deliciosamente contradictorio.
“No se permitirá el uso de mascotas como parte del concurso”, decreta el reglamento, quizá el único destello de cordura en todo este montaje.
Y he aquí la revelación sublime, la metáfora exagerada que desnuda la verdad: los premios. ¿Medallas? ¿Diplomas? ¿Un viaje a Shanghai? No. La recompensa por encarnar al noble equino del zodiaco es… tecnología china.
El ganador individual recibe un smartphone HONOR 400 Pro (12GB RAM, 512GB almacenamiento). Los segundos puestos, tres afortunados, se llevan un HONOR Magic 7 Lite. En la categoría colectiva, las tabletas HONOR Pad X9a incluyen lápiz óptico y teclado. Los perdedores menos perdedores obtienen relojes y pulseras inteligentes de la misma casa.
Así, bajo la máscara del intercambio cultural, se ejecuta una fábula moderna perfecta. La tradición espiritual del Año Nuevo Chino es finalmente premiada con el último grito del materialismo tecnológico. El caballo de Troya era de madera; el nuestro viene con 512 gigas de almacenamiento y doble SIM. La cultura ya no se comparte; se patrocina. Y el ciudadano no participa; consume.
Una crítica estructurada a cómo incluso los rituales más ancestrales pueden ser empaquetados, metricados y premiados dentro del gran circuito global del soft power y las ventas cruzadas. El dragón danza, el león ruge, y en sus fauces brilla la pantalla de un teléfono nuevo.













