El arresto que desnuda la doble cara de la cooperación con EE.UU.

La foto era demasiado perfecta. Demasiado clara. La imagen que el gobierno mexicano presentó como prueba de que Ryan Wedding, uno de los fugitivos más buscados por el FBI, se había entregado voluntariamente en la embajada estadounidense. Pero luego surgieron las dudas. ¿Era real o producto de inteligencia artificial?

“La mejor prueba es esa fotografía”, había dicho la presidenta Claudia Sheinbaum.

Pero el abogado del exdeportista canadiense, acusado de mover toneladas de droga bajo protección del Cártel de Sinaloa, lo negó rotundamente: “No se entregó”.

Mientras tanto, al norte de la frontera, el director del FBI Kash Patel contaba otra historia completamente diferente. Hablaba de una operación conjunta “de alto riesgo”, ejecutada “mano a mano” y “en el terreno” con fuerzas mexicanas.

¿Quién decía la verdad? ¿O acaso ambas versiones contenían fragmentos de una realidad más compleja y menos conveniente?

Sheinbaum finalmente admitió que no conocía los detalles de la detención. Más revelador aún: cuando habló por teléfono con Donald Trump, ni siquiera le preguntó. “No tocamos el tema”, confesó.

“Nosotros nunca vamos a aceptar operaciones conjuntas de Estados Unidos”, había afirmado la mandataria días antes.

Pero Samuel González, exfiscal jefe contra el crimen organizado, pone las cosas en perspectiva: “Los operativos conjuntos se dan en todas partes del mundo… avisándole nada más al país”.

Lo que ha cambiado, explica González, no es si hay cooperación -que siempre la ha habido- sino cómo se enmascara. Antes el tabú era si los agentes estadounidenses portaban armas en territorio mexicano. Hoy la pregunta es si participan activamente en las capturas.

El “intercambio de información” se ha convertido en el eufemismo perfecto. En la práctica, según el exfuncionario, significa esto: los estadounidenses dicen dónde está un objetivo y las fuerzas mexicanas “van y lo descubren”.

Esta danza diplomática tiene antecedentes explosivos. Como la detención en 2020 del exsecretario de Defensa Salvador Cienfuegos en Los Ángeles, que México no solo desestimó sino que acusó a la DEA de fabricar pruebas.

O el extraño caso de 2024 cuando Ismael “El Mayo” Zambada apareció -supuestamente secuestrado- en un avión rumbo a Estados Unidos. López Obrador temió entonces una participación estadounidense que Washington siempre negó.

Bajo esta administración, la colaboración ha sido intensa pero llena de desmentidos públicos. En agosto, Sheinbaum tuvo que salir al paso cuando la DEA anunció una “iniciativa binacional” que México no reconocía.

Y hace apenas dos semanas, respondió a los movimientos militares estadounidenses en espacio aéreo mexicano mientras Trump atacaba lanchas sospechosas cada vez más cerca de las costas nacionales.

La realidad es esta: mientras el discurso oficial insiste en una soberanía intocable, las detenciones importantes continúan. Los decomisos masivos de droga siguen. Los envíos de presos a Estados Unidos no se detienen.

Y mientras tanto, en lo más alto, ambos gobiernos intercambian cumplidos públicos. Trump llama a Sheinbaum “maravillosa y muy inteligente”. Ella responde que “vamos muy bien” en temas de seguridad.

Pero detrás de esa cortesía diplomática late una verdad incómoda: la colaboración existe, es profunda y probablemente involucra más participación estadounidense de lo que cualquiera está dispuesto a admitir públicamente.

El caso Wedding no es solo sobre un fugitivo capturado. Es la punta del iceberg de una relación bilateral donde lo que se dice y lo que se hace habitan en universos paralelos -y donde las fotografías oficiales pueden ser tan engañosas como los comunicados diplomáticos.

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