En el sagrado recinto conocido como la Plaza de la Lealtad, un lugar cuyo nombre parece extraído de un manual de novela distópica, se celebró el lunes el ritual anual del relevo en el Olimpo castrense. Cientos de efectivos, alineados con precisión geométrica, fueron testigos mudos de una ceremonia donde las palabras sobraban, porque aquí lo que importa es el gesto, la posición y, sobre todo, la jerarquía.
El general Ricardo Trevilla Trejo, sumo sacerdote del acto, presidió el traspaso de varas mágicas —perdón, de cargos— entre los elegidos. Primero fue Enrique Martínez López, nuevo subsecretario, a quien se le recordó que sería ‘reconocido y obedecido’. Una fórmula que suena menos a nombramiento administrativo y más a juramento feudal.
Le siguieron Hernán Cortés Hernández, como oficial Mayor, y Guillermo Briseño Lobera, como comandante de la Guardia Nacional. Nombres que se intercambian en un tablero donde las piezas son generales de división. La noticia oficial habla de ‘asegurar la continuidad operativa’. Un ciudadano malpensado podría traducirlo como: ‘que nada cambie para que todo siga igual’.
‘Será reconocido y obedecido en todas sus funciones conforme a la jerarquía’, declaró el general Trevilla.
La frase, técnicamente impecable, resuena con ecos de otros tiempos. Se busca ‘mantener la jerarquía y disciplina’, principios incuestionables en cualquier cuartel. Pero uno se pregunta si esa lealtad inquebrantable es al Estado de Derecho o simplemente al siguiente eslabón en la cadena de mando.
El comunicado finaliza celebrando que esto ‘refuerza la dirección’. Es decir, consolida el mando. En un país con heridas históricas por el poder excesivo de sus fuerzas armadas, este ballet de generales cambiando de silla se presenta como simple trámite institucional. La ausencia de discursos quizás no sea modestia, sino el reconocimiento tácito de que algunas cosas se entienden mejor en silencio.

















