El espejismo estadístico de Acapulco y la coreografía del progreso

En un alarde de precisión matemática que haría palidecer a los más brillantes alquimistas de la antigüedad, la Sublime Comandancia del Principado Costero ha declarado la victoria total sobre dos fuerzas naturales igualmente implacables: los ciclones atmosféricos y los ciclones de la violencia humana. A dos años del sublime “reacomodo geográfico” ejecutado por el huracán Otis –evento ahora rebautizado como “Gran Limpieza Precursora del Renacer”–, los palacios hoteleros reportan una ocupación del 98.4%, cifra que, por pura coincidencia, se aproxima peligrosamente al porcentaje de fe requerido para creer el comunicado oficial.

La gobernadora, en un ejercicio de contorsionismo retórico digno de estudio, presentó estos números en el mismo recinto donde, en otros tiempos, se planeaban defensas contra invasores. Hoy, el enemigo a derrotar es la percepción incómoda. “¡Mirad las cifras!”, proclama, señalando gráficos que suben como cohetes mientras los salarios locales se arrastran como caracoles. El “renacer” se mide en habitaciones disponibles, una métrica tan conmovedora como práctica, que permite ignorar el renacer de la desigualdad en las colonias altas, donde la reconstrucción avanza con la velocidad de un decreto benévolo.

En el capítulo de la seguridad, el principado ha descubierto la piedra filosofal: la redefinición del éxito. Anuncian con bombos y platillos –instrumentos que, por seguridad, no son auditados después del anochecer– haber descendido al décimo tercer puesto nacional en el ranking homicida. ¡Un logro histórico! La violencia, según la nueva aritmética gubernamental, no se elimina; se gestiona, se clasifica y, sobre todo, se relativa hasta quedar en un “aceptable” lugar trece. Los 1,312 homicidios dolosos del año pasado no son una tragedia, sino “la cifra más baja”, un eufemismo estadístico que convierte cada vida perdida en un peldaño hacia la mejora continua. Es la lógica del progreso invertido: celebramos que nos maten menos, nunca que no nos maten.

La estrategia es un dechado de modernidad: mil cámaras vigilan las principales avenidas, grabando en alta definición el trayecto de los patrullas nuevos hacia sus destinos, mientras la certificación policial avanza en un 70%. El 30% restante, se deduce, está demasiado ocupado manteniendo el orden real como para pasar exámenes teóricos. La Guardia Nacional, ese ejército de rostros serios y chalecos antibalas, se ha convertido en el telón de fondo perfecto para cualquier anuncio turístico, una coreografía de seguridad que tranquiliza al visitante ocasional y entretiene al residente permanente.

El colmo del esperpento llegará en 2026, con la quincuagésima edición del Tianguis Turístico. Imagínense el espectáculo: ejecutivos con camisas de lino paseando entre stands que prometen “paraíso recobrado”, mientras afuera, el verdadero Acapulco –aquel de la resiliencia forzada y la recuperación a dos velocidades– sirve de pintoresco decorado. Será, prometen, “la mejor edición de su historia”. Y quizás lo sea, porque nunca antes el contraste entre la feria y la realidad habrá sido tan nítido, tan grotescamente perfecto. Es el milagro del marketing aplicado a la catástrofe: no se reconstruye la ciudad, se redecoran las estadísticas. La paz, al fin, es una cuestión de perspectiva y de un buen departamento de prensa.

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