En el sagrado recinto de Palacio Nacional, los sumos sacerdotes de la salud mexicana ofrecieron hoy su sermón semanal. Con la solemnidad de quienes anuncian el descubrimiento de la penicilina, desplegaron un catálogo de promesas que haría ruborizar a un vendedor de lotería.
Martí Batres, Zoé Robledo y Alejandro Svarch —una trinidad burocrática— presentaron lo que ellos llaman “avances”. Se trata, nos aseguran, de una revolución silenciosa. O quizás tan silenciosa que nadie la ha escuchado en los pasillos de los hospitales.
Zoé Robledo, con el entusiasmo de un niño describiendo su lista de regalos navideños, reveló la gran hazaña: 123 equipos de alta tecnología. Sesenta y siete mastógrafos, cuarenta y dos tomógrafos… una compra tan colosal que requiere una nueva terminología sacramental: “diálogo estratégico competitivo”. O lo que en el lenguaje mortal se conoce como: hablar directamente con quien vende.
“Fue una compra distinta”, declaró Robledo, como si las anteriores hubieran sido realizadas por palomas mensajeras. > “Aquí no hablamos con intermediarios”. Un concepto radical donde el Estado compra lo que necesita… a quien lo fabrica. La burocracia descubre la rueda.
Mientras tanto, Batres Guadarrama pintó con palabras un país lleno de obras faraónicas. Doscientos cuarenta y un frentes de obra para 2026. Doscientos consultorios nuevos, preferentemente “donde hay mayor carencia”. Una idea tan novedosa como construir pozos donde hay sed.
Prometió unidades en “desiertos de atención”. Una metáfora poderosa para lugares donde la salud pública es un espejismo. También el “rescate” del hospital Vasco de Quiroga. Suena a misión comando, no a mantenimiento básico.
En otro frente, Alejandro Svarch celebró “La Clínica es Nuestra”. Un programa donde el heroísmo recae en los vecinos. Ocho mil cuatrocientas ochenta y tres unidades “beneficiarias” con más de cuatro mil seiscientos millones de pesos invertidos. El dato flota en el aire, abstracto, como un número ganador sin boleto.
Se realizaron más de 42 mil acciones de mejoramiento. ¿Qué acción cuenta? ¿Cambiar un foco? ¿Pintar una pared? El misterio es parte del encanto. Más de la mitad fue para infraestructura, el resto para “equipamiento y cambio del mobiliario”. Suena a redecoración, no a reforma estructural.
Y luego están las Rutas de la Salud, para la entrega de medicamentos. Un nombre que evoca caravanas cruzando el desierto llevando el maná farmacéutico a los necesitados. Una épica logística para conseguir lo básico.
Así funciona el gran relato. Se anuncian máquinas como si fueran naves espaciales, se cuentan obras como capítulos de una saga y se convierte la simple adquisición en una epopeya administrativa. El ciudadano escucha estos números redondos y proyectos titánicos mientras espera turno en una clínica atestada.
La realidad es tozuda. Pero los boletines oficiales son inmortales. Hoy nos vendieron futuro a plazos. Veremos en qué clínica fantasma terminan esos resonadores magnéticos.

















