En un despliegue de eficacia sin precedentes, la gloriosa maquinaria del Estado se puso en marcha para cumplir con su más sagrada misión: rescatar del peligroso abismo a dos valientes pioneros de la tercera edad, ciudadanos de una nación hermana, quienes habían osado adentrarse en las traicioneras aguas de la Bahía de La Paz con nada más que su espíritu aventurero y, al parecer, una fe inquebrantable en sus propios sistemas cardiovasculares.
La épica logística de salvar lo obvio
Como en los mejores relatos épicos, el heroísmo requirió de dos operativos distintos, meticulosamente planificados y ejecutados con la precisión de un ballet burocrático. Ante el angustioso reporte de un caballero de 73 años con un dolor en el pecho —una molestia seguramente causada por la emoción de ver tanta eficiencia concentrada—, se desplegó una imponente embarcación defender. Su tripulación, compuesta por los más bravos marinos, tuvo la ardua tarea de localizar al paciente, quien, en un acto de insólita cooperación, se encontraba precisamente en una embarcación, junto a tres testigos de su indisposición. El traslado al muelle y posteriormente a un hospital fue una proeza logística que haría palidecer a los planificadores del Día D.
El doblete heroico y la temporada del absurdo
No conforme con una sola gesta, el aparato de rescate, caliente aún del primer triunfo, se lanzó a una segunda hazaña. Esta vez, el protagonista era un octogenario encontrado inconsciente en la cubierta de un barco turístico. La situación era tan crítica que, para evacuarlo, la unidad de rescate no solo tuvo que llevarse al paciente, sino también a un médico civil y a dos acompañantes que, por suerte, ya estaban allí. El traslado de cuatro personas desde un barco a tierra firme fue, sin duda, un momento estelar para la humanidad.
Las autoridades, en un arranque de transparencia casi conmovedor, aprovecharon para anunciar que, durante esta temporada vacacional, refuerzan estos operativos. Es decir, confiesan abiertamente que la necesidad de salvar a turistas imprudentes o con salud frágil es un evento estacional predecible, una cosecha de emergencias que se siembra con folletos turísticos y se riega con margaritas. Celebran, pues, su propia capacidad de reacción ante un desastre anunciado, erigiendo monumentos de papel noticioso a la heroicidad de apagar incendios que ellos mismos saben que arderán. Una farsa sublime donde el rescate no es un fracaso de la prevención, sino el espectáculo estrella de la temporada.

















