En un alarde de precisión matemática que haría palidecer a los más brillantes alquimistas de la Edad Media, el Palacio Nacional, en su infinita sabiduría, ha anunciado la transmutación del plomo en oro, o más bien, de las balas en palomas. La Gran Sacerdotisa de la Nueva Era de la Paz, rodeada por su corte de generales, almirantes y burócratas cuya sola presencia inspira una tranquilidad marcial, proclamó desde el edénico Morelos —un lugar famoso por su apacible vida rural— que los homicidios han sido sometidos a una dieta estricta, adelgazando un milagroso 40%.
¿El secreto? Una estrategia de seguridad tan estrechamente coordinada que sus hilos son invisibles al ojo humano, tejida en las altas esferas donde los gabinetes se reúnen para contemplar gráficas que descienden con la elegancia de una cascada en un cuadro idílico. “¡El número más bajo desde 2016!”, clamó la mandataria, un año que, para la memoria colectiva, brilla con la pureza de un amanecer sin nubes. La coordinación es tal, que hasta los gobernadores de los 32 reinos de la federación han aprendido a cantar la misma partitura, un coro de unanimidad que ahoga cualquier disonancia.
El sagrado ritual de la estadística benevolente
El mecanismo es una obra de arte burocrático. Los sumos pontífices de la procuración de justicia y sus acólitos se reúnen, no en oscuras cuevas, sino en luminosas salas de juntas, para realizar el ritual de la revisión de cifras delictivas. Allí, los números rebeldes son domesticados, los datos indómitos son educados, y las tendencias se alinean con la voluntad superior de los cuatro ejes estratégicos, pilares místicos que sostienen el nuevo firmamento de la paz. La gobernadora anfitriona, en éxtasis, confirmó que recibir “orientación” para “coincidir” es el verdadero milagro, una epifanía administrativa donde la realidad se somete gustosa al diseño de la estrategia.
Mientras la comitiva de secretarios —de Seguridad, de Gobernación, de Marina— asiente con solemnidad marcial, uno no puede evitar preguntarse si la reducción de 34 homicidios diarios ha sido lograda por la eficacia de las políticas o por la meticulosa redefinición de lo que constituye un “homicidio doloso” en este nuevo léxico de la armonía. ¿Acaso las víctimas han sido transferidas a una columna contable más amable, quizá “decesos por melancolía nacional” o “incidentes de extrema tristeza”?
En este gran teatro de la seguridad, donde los actores visten uniformes impecables y pronuncian discursos de una coherencia perfecta, la crítica se disuelve en el aire acondicionado de la sala. El éxito de la estrategia es axiomático, circular e irrefutable: las cifras bajan porque la estrategia funciona, y la estrategia funciona porque las cifras bajan. Un razonamiento tan redondo y perfecto como el cero absoluto de la violencia que, según los gráficos, se avecina. El ciudadano, desde luego, no debe inquietarse por los susurros que llegan de las calles, esos ruidos molestos que no han sido aún armonizados por los cuatro ejes. Su deber es contemplar la curva descendente y creer. Siempre creer.


















