En un acto de pura magia burocrática, el gobierno mexicano ha descubierto la fórmula definitiva para resolver los problemas nacionales: organizar torneos de futbol. Mientras el país navega por aguas turbulentas, la solución oficial llega en forma de balón.
La secretaria Rosa Icela Rodríguez, ante la atenta mirada de la presidenta Claudia Sheinbaum, desplegó el plan maestro: el Mundial Social México 2026. No se trata solo de futbol, claro está. Es un fenómeno multidimensional con diez ejes sagrados que incluyen desde murales hasta récords Guinness.
“Todas y todos estamos convocados a llevar el eco de la Copa Mundial”, declaró con solemnidad casi religiosa, como si el simple acto de patear un balón pudiera sanar las heridas sociales.
Lo extraordinario es la coordinación requerida: seis instituciones gubernamentales diferentes se unirán para organizar… torneos deportivos. La SEP, Conade, Secretaría de Mujeres, Imjuve, IMSS y gobiernos locales formarán una superestructura burocrática cuyo objetivo final es encontrar niños que sepan dominar un balón.
“México es un extraordinario semillero inagotable de grandeza”, proclamaron, aunque ese semillero pareciera necesitar más agua potable y menos discursos.
Las acciones específicas son tan variadas como irrelevantes: torneos para mujeres de julio a octubre (porque la igualdad tiene temporada), jornadas nacionales de futbol en marzo con “más de mil actividades simultáneas”, y -la joya de la corona- un mundialito de robótica.
Gabriela Cuevas, representante ante la FIFA, resumió la filosofía:
“Llevamos el Mundial más allá de los estadios”.
Y tanto que lo llevan. Lo llevan a tal punto que parece haberse perdido por completo el partido principal: gobernar. Mientras anuncian 74 mundialitos para 2026, uno podría preguntarse cuántos hospitales o escuelas podrían construirse con esos recursos.
La cereza del pastel burocrático: prometen “coordinar la detección de talento” infantil. Porque lo que realmente necesita un país son más sistemas para identificar quién patea mejor una pelota, no quién necesita mejor educación o salud.
En este circo deportivo-estatal, cada institución encuentra su momento de gloria organizando su mini-torneo particular. Todos juegan al mismo juego: hacer como si organizar eventos deportivos fuera equivalente a resolver problemas estructurales.
Al final del día, cuando suene el silbato final del Mundial Social, quedará la pregunta incómoda: ¿cuántos goles anotamos realmente contra la pobreza, la desigualdad o la violencia? El marcador social sigue esperando su actualización.
















