En un acto de justicia histórica tan profundo y simbólico que casi se puede palpar con las manos (y, de hecho, se puede fotografiar frente a él), la máxima mandataria de la nación ha inaugurado con solemnidad republicana el nuevo panteón de la corrección política: el Paseo de las Heroínas. Seis efigies de bronce, erguidas con dignidad postiza, han sido plantadas en la avenida más ilustre de la capital, como si fueran árboles mágicos cuyos frutos, una vez cosechados, curaran milenios de racismo, clasismo y machismo por ósmosis visual.
La ceremonia, cargada de un simbolismo tan denso que podría usarse para asfaltar la misma Reforma, nos brindó la deliciosa paradoja de santificar, en un mismo altar cívico, a víctimas y a supuestas traidoras. ¡He aquí la alquimia gubernamental! Malintzin, secular chivo expiatorio de la conquista, lavada ahora con el jabón de la reinterpretación moderna y elevada al rango de “señora de la palabra”. Su estatua no mira, presumimos, hacia el pasado incómodo, sino hacia un futuro donde todos los relatos históricos incómodos pueden ser esculpidos, pulidos y reubicados según los vientos ideológicos del presente.
“No es abrir viejas heridas”, proclamó la Presidenta con la convicción de quien administra un hospital de narrativas. “Es cerrar una deuda histórica”. Y qué mejor manera de saldar deudas con el pasado que con inversiones en el presente: toneladas de metal, presupuestos para la fundición y fotografías oficiales que circularán por las redes con la velocidad de un dogma. La justicia, al parecer, ya no reside en los tribunales ni en transformar estructuras vivas de opresión, sino en la fría e inmutable permanencia del monumento público.
El acto contó, cómo no, con el coro de fieles necesario para cualquier liturgia estatal. Funcionarias de diverso pelaje elogiaron la iniciativa, destacando que estas figuras harán que las mujeres se sientan “orgullosas de sus raíces”. Una ecuación simple y conmovedora: a más estatuas, más autoestima colectiva. La coordinadora de monumentos del INAH llegó a afirmar, en un arrebato de metafísica burocrática, que la Presidenta no llegó sola a su toma de protesta, sino acompañada por todas las ancestras. Una revelación que explica, sin duda, el tamaño de la caravana presidencial.
Mientras, la actriz y promotora cultural Jesusa Rodríguez urgió a impulsar una “ciencia con perspectiva de género”, destapando la caja de Pandora de los monumentos que aún invisibilizan a las mujeres. Un grito de guerra que, sin duda, mantendrá ocupados a los escultores oficiales durante el próximo siglo, en una interminable carrera por esculpir la cuota perfecta del pasado.
Así, entre discursos sobre transmisión cultural y futuro de la patria, la capital se adorna con nuevos ídolos. El mensaje es claro: la historia es un parque temático cuyas atracciones podemos remodelar. El racismo, el clasismo y el machismo, esos monstruos de mil cabezas, retrocederán avergonzados ante el poder disruptivo de seis siluetas de metal. Y el pueblo, al pasar en su automóvil o en su bicicleta, recibirá su dosis diaria de justicia simbólica, mientras las verdaderas estructuras de poder, aquellas que deciden quién merece una estatua y quién no, permanecen intactas, sonriendo para la foto.

















