En un acto de suprema ironía, el sistema penitenciario mexicano acaba de recibir a su nuevo residente estético: César Alejandro Sepúlveda, alias ‘El Botox’. No contento con desafiar las leyes de la salud pública, este caballero decidió especializarse en delitos contra la salud, extorsión, homicidio y portación de armas exclusivas del ejército. Todo un currículum vitae del siglo XXI.
Lo verdaderamente cómico—si el humor negro fuera moneda de cambio—es que ingresó al Cefereso Número 1 ‘El Altiplano’, esa montaña mágica donde los capos van a descansar tras una larga jornada de actividades ilícitas. Acompañado por sus compinches César ‘N’ y Eder ‘N’, mientras Esteban ‘N’ enfrenta cargos por jugar con juguetes prohibidos y sustancias recreativas.
La Fiscalía General de la República informó que la vinculación a proceso fue posible gracias a pruebas aportadas por el Ministerio Público Federal.
¡Bravo! La maquinaria estatal funciona. Después de años, décadas quizás, logran vincular a proceso a alguien cuyo alias ya delataba su prioridad existencial: la apariencia. Mientras tanto, las instituciones se felicitan mutuamente en comunicados que nadie lee, celebrando capturas que son meros cambios de escenario en esta tragicomedia nacional.
Así opera nuestro circo judicial: personajes con sobrenombres de cosmética, crímenes que parecen guiones de telenovela violenta, y un sistema que anuncia triunfos mientras el país se desangra por las mismas heridas de siempre. Swift diría que proponemos enviarlos todos a una isla remota. Orwell advertiría sobre el lenguaje que minimiza el horror. Aquí solo nos queda reír para no llorar.

















