La Iglesia católica ha convocado un nuevo encuentro. Del 30 de enero al 1 de febrero, Guadalajara será sede del Segundo Diálogo Nacional por la Paz.
Más de mil personas están llamadas a participar. Académicos, especialistas, víctimas de la violencia, líderes religiosos y autoridades gubernamentales se sentarán a la misma mesa.
El objetivo declarado es ambicioso: proponer soluciones integrales para la seguridad y la justicia en México. Pero ¿qué significa realmente ‘soluciones integrales’ en un país herido?
“Mirar la realidad sin eufemismos, interpretar con responsabilidad qué prácticas contribuyen a la reconstrucción del tejido social y actuar mediante compromisos medibles”
Esa es la base que propone la Iglesia. Tres ejes: mirar, interpretar y actuar. Suena bien sobre el papel, pero la pregunta persiste: ¿cómo se traduce esto en cambios reales para las comunidades?
Lo más significativo podría ser el enfoque en las víctimas. La Iglesia insiste en ponerlas en el centro del debate, algo que muchas políticas públicas han pasado por alto.
“Escuchar implica reconocer sus experiencias como esenciales para cualquier política de seguridad, justicia y reparación”
Y lanza una advertencia clara: sin verdad ni justicia no puede existir una paz duradera. Es un principio que suena obvio, pero que ha sido sistemáticamente ignorado.
Este diálogo intenta transformar la indignación por la violencia en estrategias concretas. De las palabras a los hechos. El reto está servido.















