La inspección presidencial del tren que carga con todo
En un acto de prodigiosa clarividencia gubernamental, la mandataria Claudia Sheinbaum ha descubierto lo que cualquier ciudadano que paga gasolina en el sureste sabe desde hace años: que hace falta distribución de combustibles. La revelación, digna de los oráculos más sagrados, llegó durante la inspección de esa maravilla ferroviaria moderna que promete resolver todos los males de la región, desde el precio de la gasolina hasta probablemente la caída del cabello.
“Es indispensable y lo construye el agrupamiento Felipe Ángeles, un orgullo”, declaró la presidenta sobre este coloso de acero que, según testigos, avanza más en los discursos oficiales que en la realidad tangible. El Tren Maya de carga se presenta así como la solución definitiva a problemas que han persistido por décadas, demostrando una vez más que la respuesta a complejas cuestiones logísticas siempre es un megaproyecto faraónico.
Durante su periplo por Quintana Roo, la administración federal demostró su compromiso multidimensional con la población, alternando entre la supervisión de vías férreas y la entrega de becas estudiantiles en un ejercicio de virtuosismo político que dejó boquiabiertos a propios y extraños. “Que ningún joven se quede sin estudiar”, proclamó la mandataria, en lo que parecía un guiño a aquellos que podrían terminar trabajando en el mantenimiento del mismo tren que hoy se anuncia.
El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, aportó su cuota de optimismo estadístico al destacar que “hoy más de 4 millones de jóvenes que estudian el bachillerato público reciben una beca”, cifra que casualmente coincide con el número aproximado de promesas ferroviarias realizadas en la presente administración.
Mientras la comitiva presidencial se desplazaba entre ceremonias de entrega de tarjetas y posados para la posteridad, los ciudadanos comunes se preguntaban si algún día el progreso retórico se materializaría en estaciones funcionales y combustibles asequibles. Por lo pronto, el sureste mexicano puede dormir tranquilo sabiendo que sus problemas de distribución están siendo atendidos con la urgencia que caracteriza a los proyectos emblemáticos: mucha fanfarria, poca concreción y ninguna fecha definitiva.
En este teatro burocrático donde las inauguraciones se celebran antes que las obras y las soluciones parecen diseñadas más para titulares que para usuarios reales, el Tren Maya de carga se erige como el símbolo perfecto de una época donde la pompa gobierna sobre la sustancia, y donde cada inspección presidencial parece más un episodio de realidad alternativa que un informe de avance tangible.
















