Desde Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum soltó una verdad que muchos en la política prefieren ignorar: se están quejando de algo que ni siquiera existe. En su conferencia de este lunes, la presidenta dejó claro que la llamada reforma electoral sigue siendo solo eso, una llamada.
“No hay reforma todavía, todavía no la presentamos”
Pero ahí no paró. Sheinbaum le dio vuelta a la tortilla y puso el reflector donde duele: en el pasado. Con esa calma que solo da conocer los archivos, preguntó por qué nadie habla de lo de antes.
“¿Por qué no voltean a ver los fraudes electorales del pasado?”
Y entonces vino el golpe bajo, pero documentado. Recordó 2006, ese año que dividió al país, y 2012, con sus acusaciones de compra de votos. Lo interesante es cómo conectó los puntos: según ella, algunos de los que hoy protestan estuvieron del otro lado cuando convenía.
Lo de siempre en política, ¿no? El que hoy grita fue ayer cómplice silencioso. Sheinbaum lo dijo sin tapujos: hubo financiamiento y aplausos para lo que ahora condenan.
Sobre las acusaciones de autoritarismo, su respuesta fue otro giro. Dijo que la nueva narrativa opositora es pintarla como demasiado cercana a Estados Unidos. Curioso cambio de guión para quien viene del nacionalismo más tradicional.
Al final, el mensaje fue claro: hay libertad para protestar, pero la batalla se está librando sobre un fantasma. La reforma sigue entre bastidores, mientras el debate ya arde en las calles.
















