Un sismo de 5.3 sacude más a la burocracia que a la ciudad

Anoche, la tierra en el centro de México decidió moverse un poquito. Solo un gesto amable, un temblorcito de magnitud 5.2 (luego 5.3, para que no se sintiera menospreciado) con epicentro en Guerrero.

Pero oh, la reacción fue monumental. Fue como si el planeta hubiera anunciado su renuncia irrevocable. Las alarmas sonaron, los celulares vibraron y, acto seguido, se desató el espectáculo burocrático más impresionante desde la última junta de gabinete.

La jefa de gobierno, Clara Brugada, salió rauda a las redes a informar que se había activado El Protocolo. Siempre con mayúsculas, como si fuera un ritual sagrado. Minutos después, el secretario de Seguridad, Pablo Vázquez Camacho, detalló la operación: cinco helicópteros Cóndor sobrevolando la ciudad. Cinco. Para un sismo que muchos durmieron profundamente.

“Se activó el protocolo de seguridad”, declaró el funcionario, en lo que parece ser el mantra oficial ante cualquier evento que supere en intensidad a un estornudo.

Mientras tanto, Claudia Sheinbaum informaba que no había daños. El director del Metro confirmaba que no había daños. Protección Civil comunicaba que no había daños. Una sinfonía de “no hay daños” ejecutada por una orquesta gubernamental afinadísima.

La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos aprovechó para recordarnos, una vez más, lo importante que es tener nuestra mochila de emergencia a mano. Por si acaso la tierra vuelve a tener un espasmo y la respuesta requiere otro despliegue aéreo y otra cascada de tuits protocolarios.

Al final, el balance es claro: ningún vidrio roto, ninguna grieta estructural. Solo la confirmación de que nuestra maquinaria institucional está perfectamente engrasada para anunciar, con gran solemnidad, que no pasó absolutamente nada.

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