El consumidor ilustrado y su guerra de carrito contra el Leviatán migratorio

El Nuevo Catecismo del Comprador Virtuoso

En estos tiempos de gracia digital, una legión de ciudadanos de la red, autoproclamados inquisidores del carrito de la compra, ha descubierto el sublime poder de no comprar. Su misión, sagrada y portátil: purgar el mercado de toda empresa que haya osado rozar, aunque sea con la punta del contrato, al temible Minotauro burocrático que habita en los laberintos de la migración. Su arma: la lista de la compra, transformada en lista de proscripción.

La Sinfonía de los Deportadores: Un Escándalo en Si Bemol

El caso más melodramático lo protagonizó la gran catedral del streaming, Spotify. Resulta que, entre canción y canción de amor despechado, la plataforma osaba intercalar jingles institucionales del ICE, ofreciendo primas en efectivo y emocionantes carreras profesionales en el lucrativo sector de la cacería humana. La indignación fue tal que hasta un trovador moderno, el señor Albarrán, amenazó con retirar sus cánticos, pues su ética, tan pura como el agua de manantial, no podía convivir en la misma biblioteca digital que los reclutadores de la deportación. Spotify, con la serenidad de un banquero, aclaró que los anuncios eran perfectamente legales y luego, discretamente, los hizo desaparecer, como quien barre migajas bajo la alfombra.

Supermercados, Estacionamientos y la Cacería del Día

Más al sur, en la mítica ciudad de los ángeles (que por estos días parece más bien la ciudad de los alguaciles), los activistas declararon una jornada de ayuno comercial de 24 horas. El pecado de las cadenas de supermercados y templos de la comida rápida fue monumental: permitir que sus estacionamientos, esos modernos ágoras del asfalto, fueran utilizados como cómodos cotos de caza para las redadas. ¿Acaso no era suficiente con vender pollo frito? Ahora también ofrecían, sin cargo extra, el servicio de pre-selección de clientes para su deportación express. El boicot, naturalmente, se viralizó, demostrando que el like y el no-comprar son las dos caras de la misma moneda de protesta.

Los Arquitectos del Leviatán Digital

Pero la crítica más fina se reserva para los sumos sacerdotes del silicio. Hablamos de esas empresas cuyos nombres son sinónimo de nube, buscador y envío en un día. Ellos, con la sangre fría de los ingenieros, proveen la columna vertebral digital del monstruo: la nube donde se almacenan las listas, los algoritmos que reconocen los rostros, el software que optimiza las rutas de las furgonetas. Cientos de sus empleados, consternados, han alzado la voz para pedir el fin de esos contratos dorados, descubriendo con perplejidad que su brillante trabajo de “conectar el mundo” también sirve para desconectar a familias de un país. Una ironía tan deliciosamente amarga que hasta Swift enmudecería de admiración.

Así, en el gran teatro del mundo, el consumidor descubre su nuevo rol: juez, jurado y verdugo de estanterías y playlists, librando una guerra donde la principal baja esperada es su propia inocencia, y el botín, la ilusión de que elegir una marca de frijoles enlatados es un acto de alta política revolucionaria.

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