Fue más que una voltereta. Fue una válvula de escape. Con su celebración acrobática, Édgar Guerra no solo festejó un gol; liberó meses de frustración acumulada en las gradas del Estadio Cuauhtémoc.
El 2-1 sobre Mazatlán significó oxígeno puro. Tres puntos que valen por diez en la tabla, pero sobre todo, un golpe anímico que el equipo de Albert Espigares necesitaba como agua en el desierto.
“Fue un respiro”, admitiría después el técnico, consciente de haber esquivado, por ahora, la presión máxima de la Liga MX.
¿Cómo se cocinó este triunfo? Con receta de aprovechamiento. Puebla olió la despedida anticipada de Mazatlán y se abalanzó. A los dos minutos, un regalo defensivo: Jair Díaz perdió el balón y Esteban Lozano no perdonó. Golpe tempranero, partido diferente.
Con diez minutos en el reloj, Guerra remató con la cabeza para sentenciar –o eso parecía– una primera mitad de dominio absoluto. La Franja manejó los tiempos, guardó energía.
Pero el fútbol rara vez perdona la relajación. En la segunda parte, Puebla bajó revoluciones y Mazatlán encontró su arma: la pelota parada. Al 69′, Facundo Almada descontó y encendió todas las alarmas.
La tensión volvió a apretar hasta el último suspiro. Solo una atajada clave de Ricardo Gutiérrez evitó que los puntos se esfumaran.
Al final, más allá del marcador, lo que queda es esto: una afición que vuelve a creer y un plantel que recupera algo tan frágil como esencial: la confianza. En la lucha por no caer, días como este pesan más que cualquier discurso.















